Hay algunas charlas para las que nunca estás preparada. Esas charlas en las cuales el otro, el interlocutor, te dice tanto. Ese interlocutor al cual le decís tanto a su vez, que al otro día, al querer explicar de qué se habló puntualmente, no podés. Esas charlas donde recordas, penosamente, algunos datos, algunas frases, pero no podés asegurar si esa frase afirmaba o negaba, si avalaba o desmentía, si quería u odiaba. Esas charlas que no entendés, que no podés especificar. Que son como esos sueños que no recordás más que una sensación. Como decir "soñé con vos, pero no sé que pasaba, solo sé que estabas vos". Anoche no soñé nada, pero hablé, y mucho. Una de esas charlas que te revuelven los intestinos, las estructuras, la entereza.

Sábado a la noche. Subí, a las cuatro de la mañana, a un taxi. Venía de cumpleaños, de cincuenta personas apiñadas en un living de Palermo de quince metros cuadrados. De camino a la casa de Platos, porque sí, porque estaba cerca quizás. Porque me estoy acostumbrando a dormir con él día por medio. Porque quería coger, sí. Quería acurrucarme en su axila y despertarme en la otra punta, a las ocho de la mañana, para mirarlo dormir y robarle el alma con los ojos, con la mirada, para luego seguir durmiendo, y despertar nuevamente oyéndolo, desde el otro cuarto, diciéndome "reeeeina, arriiiiiba". Para besarlo y decirle "Chau Platos". Para todo eso, o para nada, llegué a su casa, comiendo un chupetín. Subí. Hola Platos. Y, simplemente, pasó.

Pasó de repente. Tan repentino como un día me entendí en su cama, ayer, me entendí en su balcón, cubierta con un poncho, fumando Phillips y Marlboro, intercaladamente, y con una frecuencia alarmante. Tuvimos una charla, esta, de la que comencé a hablar, que dice todo y que no dice nada. Esas charlas donde sentís que le dejás la puertita que muestra las mas profundas miserias, propias, entreabierta al otro. Para que espíe, claro, pero consiente que, en un descuido, en una brusquedad, puede abrirla, y ver todo eso que tenés adentro. Una charla que, de manera extraña, sentí una charla de despedida. Una charla para la que no estaba, pues nunca se está, preparada.

No puedo decir, insisto, acerca de qué hablamos. De los miedos. De la gente libre que no lo es, que tiene la suficiencia y la inteligencia de hacer pensar a los otros, los de afuera, que sí. De las pérdidas. De los encuentros. De las coincidencias. De la fe. De algo que quisiera reconstruir, algo que me dijo Platos, una frase, o una idea, que desconozco si era tal, o es la que quiero creer que me dijo. Recuerdo, fuertemente, que me dijo que a él lo había enamorado mi cabeza, no mi culo. Recuerdo que me dijo algo del espíritu. Algo de que íbamos al mismo lado por lugares distintos, o al encuentro del mismo deseo.  Algo del espíritu.. ¿quizás, que sentía una conexión desde su espíritu con el mío? 

Nos dormimos juntos. Nos despertamos al rato, al minuto, o a la hora, para coger, a lo oscuro. Para que al rato prenda la luz y nos miremos a los ojos. Desconozco con qué ojos lo miré. Dormimos luego, nuevamente.

Esta mañana, me desperté de mal humor. Sentía todo revuelto, vejado. Aún lo siento. Siento que a esa charla le faltó una lágrima. O algunas, mías. Al mediodía, llegué a mi casa, descompuesta. Intenté, con dificultad, recrear la noche, contándole a mi amiga, mi compañera de casa, lo que había pasado. Ella escuchó con atención mi verborragia, por mucho rato, para concluir, ambas, que no estaba diciéndole nada. Que no podía recrear esa charla, quizás por el cansancio, por estar desprevenida, por venir de cumpleaños y Fernet. Que había soñado con algo pero no me acordaba qué. Hoy, despierta, sobria, en paz, puedo asegurarlo.

Ayer hablamos de algo, con Platos. No me acuerdo qué, pero algo se rompía.-



Hoy escribo desde la felicidad. Completa, entera, plena, magnífica, deseada, emotiva, eterna. Escribo desde un lugar que no es el de mujer histérica, ni el de chonga enamorada. Tampoco el de ex abandonada, ni el de pelotuda indignada. Hoy escribo desde el alma grande, grandísima, desde el cigarrillo esperado y la copa de festejo. Desde el olor a calabaza asada que viene de la cocina, y el sonido del llamador de ángeles del lavadero. Escribo desde las melodías de una canción regalada, las noticias de inundaciones, la sonrisa del alma. Escribo desde el placer de haber derrotado, en un año, todos esos obstáculos autoimpuestos que interferían en esto que siento ahora, la emoción desconmensurada de haberme superado, de haber vuelto a nacer, finalmente, de haberme levantado, para nada superpoderosa, sino más bien superhumana.

El motivo es sencillo, y a su vez, complejísimo. Acabo de sacar, vía web, un pasaje, único, entero, a las tierras españolas, para ver a mi hermana, su marido, y mi sobrino, después de ocho años. OCHO AÑOS sin parte de mi YO. Ocho años en los cuales pasaron tantas, tantísimas cosas. Desde el término de mi etapa adolescente, pasando por numerosas internaciones, convivencias, amores, desencuentros, desengaños, sonrisas, lágrimas -muchas-, borracheras, hasta el día de hoy, donde estoy acá, de camisón rosado con volados, de tele prendida, en una casa que no es mía pero supe hacerla.

No puedo evitar, sin temer de pecar en vanidosa o en "yoísta", como supieron decirme, el hecho de sentirme orgullosa de mi misma. Cuando comienzan los primeros vientos cálidos, comienzan los primeros balances, de los cuales, hasta el más escéptico, no puede escapar. Un año en el cual rompí numerosas barreras. Este año, logré irme de mi casa materna, a modo de orden, a conquistar un mundo: el mío. Conseguí un trabajo que me hace feliz, compartiendo mis días con personas hermosas. Supe encontrar mi lugar en el mundo: mi fantástica bicicleta, que me traslada casi mágicamente, de un lugar a otro, impensado, en tan solo minutos. Como supe trasladarme yo, desde esa niña que temía tanto, a hacer sus sueños realidad. Conocí gente, mucha, que desde lo más simple hasta lo mas grandioso, me enriqueció el alma. A todos ellos agradezco hoy, por estar a mi lado, en lo mundano, y en las miserias. Sé que este año fue, para mi al menos, revelador. Me convertí, en apenas unos meses, en la mujer que esperaba ser, al menos, en este momento de mi vida.

Sospecho que no estoy diciendo mucho. Solo bebiendo de mi copa, en soledad, brindando conmigo misma por todos mis logros. Aquí, sentada, sin más nada que decir que somos poderosos, muchísimo. Como subí ese cerro, el Uritorco, hace años, de noche, fumadora, con la zapatilla rota. Cuando llegue a la cima, al amanecer, en la cruz, y entendí que era capaz de hacer todo lo que me propusiera. Hoy lo confirmo, lo afirmo, lo sostengo, como levanto a la inmensidad, reitero, esta copa. Para festejar que yo, y todos ustedes, somos seres, individuos, cargados de un potencial infinito.

Sólo quiero decir que, en un mes y una semana, estaré abordando un avión -por primera vez en mi vida-, para recibir mi cumpleaños número 25 en el aire, en soledad, pero más plena que nunca, cruzando el océano para reencontrarme con aquello que creí perdido. Hagan la lectura que deseen hacer.

Los invito, pues, a levantar todos su alma, su cuerpo, su espíritu, y sobretodo, su copa, para brindar, porque somos capaces, absolutamente, y lo afirmo, de todo lo que nos propongamos.

¡Salúd!.-


Bien es sabido que tengo un tema con el lenguaje. Una especie de fijación extraña, ligada a mis años de psicoanálisis, a mi necesidad de encontrar la sonoridad en las palabras, el por qué de las elecciones de las mismas, la presencia de segundos y terceros mensajes en una frase al pasar, una palabra y no la otra, que parecieran decisiones tomadas de manera arbitraria, pero que entiendo no lo son.

Ayer hice una bicicleteada nocturna con un amigo que quiero mucho. De esas pedaleadas que te conducen a ningún lado, aparentemente, pero que a mi me llevó transpirada por mágicos recorridos: Carlos Calvo, Valle, Acuña de Figueroa, Corrientes, Quintino. Pero más aún, en el desenfrenado gasto calórico y el movimiento inerte, me ayudó a colocar en palabras jadeadas una idea que venía madurando hace unos días. La idea de la pertenencia ligada a la palabra. Alguna vez lo pensé ya, lo escribí. Esa elección del vocablo, con tintes sociales, culturales, históricos, pero que claramente condicionan. Cómo desde el lenguaje que pareciera mundano se están diciendo tantas cosas que no escuchamos, pero se dicen, se hacen, se sufren.

Puntualmente, pensaba en la unión civil del matrimonio. Dos seres humanos que, por motivos de amor, conveniencia, dinero, soledad, miedo, división de bienes, ciudadanías, mandatos, eligen, además de ser individuos, ser una sociedad conjunta, dos partes que se suman para crear algo nuevo que, en el mejor de los casos, complemente su individualidad, y en el peor, la reemplace. Una elección que se materializa en un registro frente a la presencia del juez, en una iglesia frente a los ojos de Dios, en una playa frente a la inmensidad del mar, en Las Vegas frente al disfraz de un falso Elvis, en una estancia frente a las tías chotas. En fin, una unión que, además de todo eso que cada uno de ustedes sabe o imagina, incluye un detalle ignorado pero de magnitudes abismales: la transferencia del apellido.

El apellido de nacimiento es algo que nos marca, nos incluye, nos identifica. La identidad. Yo llevo el mío, ligado a mis dos nombres, desde el día que nací. Me une con mis hermanas, con mis sobrinos, con mi padre, mi madre, mi abuelo, los moros, los españoles, los italianos, una historia puntual, única, ancestral. Supongamos que un día me case, sea por lo que fuera. De un momento al otro, según la tradición, mi identidad se completaría con un apellido ajeno, el del ser elegido: en ese momento, mi identidad pasaría a ser otra, mas.. ¿completa? Posesiva. Pues dejaría de ser quien soy, Zahira Nahir Abate, para ser ante la ley, las entidades bancarias, y las vecinas de barrio, "la señora DE". Zahira Nahir Abate DE tatata. De. Soy de. Dos letritas pedorras, pedorrísimas, que indican pertenencia, posesión, casi un activo del otro. ¿DE quien es esa bici? DE Zahira. Es mía. La compré, la robé, la gané, me la regalaron, no importa. Ahora es mía. Mía, MÍA y solamente mía. Entonces, si me caso, si paso a ser DE, ¿soy suya? ¿Sería de su posesión, de su pertenencia, de sus activos? ¿ Me habrían comprado, robado, ganado, me habrían regalado al otro? No importa. El tema es que soy de otro, como una bici, como una birra, como un celular, como un lápiz, como una birome, un auto, un sueldo, una guitarra, un plato. SOY DE OTRO. Pero ni siquiera: porque sería un activo de la familia del otro. Frente a un momento histórico como el de hoy, donde la mujer vota como un hombre, garcha como un hombre, trabaja como un hombre, bebe como un hombre, viaja como un hombre, conduce como un hombre, adquiere bienes como un hombre, me pregunto, cuánto avanzó ese feminismo tan choto que nos gusta creer. ¿Quien de ustedes conoce a un hombre que, al decidir la unión civil con otra mujer, agregue a su nombre y apellido, a su identidad, la pertenencia cual objeto a la mujer que elige? No me jodan. ¿Quien de ustedes dijo, siendo hombre, o escuchó decir, siendo minita, "soy tuyo", en la cama, desnudos, extasiados, con el pucho en la mano y la lengua afuera? NADIE.

Esta reflexión, que traigo hoy, con tanto calor, está ligada a un deseo ambiguo: el social y cultural, de SER SUYA, de ser del otro, como dos enamorados de novela, como dos pelotudos que se cogen y se creen irónicamente posesión y dueños del otro, y, a su vez, mi rebeldía, al decir, y pensar, que SOY MÍA, de nadie mas. Nadie me compra, nadie me roba, nadie me gana, nadie me regala. Como desde el comienzo de estás crónicas, por las que pasaron tantos personajes, reales, tangibles, amados u odiados, pero siempre desligados de su identidad, aquello que los hace únicos. Yo elegí quienes serían. Auténtico, el Chico con Plumas, el Chico de las Cinco y Cuarto, Platos, tantos que ni recuerdo. Entidades desprovistas de identidad. Casi objetos.

Hoy, entiendo que lo más importante es quien elegí ser, y quien sigo eligiendo: Zahira, yo, mía. Zahira Nahir Abate DE Zahira Nahir Abate. Y que nadie ni nada se atreva a atentar contra eso.

¿Está mal?.-


Con el paso del tiempo, uno va perdiendo cosas. De pequeño, quizás, el apetito, un juguete, el autobús. Algún acontecimiento por ser demasiado infante. Cosas con poco valor, quizás. Pues de pequeño, la noción es limitada, así como las obligaciones. Uno no puede perder a su pareja, ni su trabajo, ni sus años mozos. Uno no puede perder lo que no tiene. Ya mas crecido, se da cuenta que tiene algo único. Se da cuenta cuando empieza a perderlo: la inocencia. Uno (una) cree que perdió la inocencia cuando, de repente, pierde el placer por la calesita, la necesidad de vestir a las Barbies, o la virginidad. Ahí te la creés. Te creés mil, porque la sabes todas. Sabés que el mundo es tuyo y que nadie puede arrebatártelo. Lo que no sabés es que, más adelante, lo que te arrebatarán es no el mundo, sino esa sensación de que es tuyo.

Recuerdo algunas pérdidas significativas. Ninguna asociada a la muerte. Ninguna que me marque. O, en verdad, pérdidas que me marcaron en demasía. Recuerdo de niña, de muy niña, que una señora amiga de la familia me regaló un peluche. Un muñeco roñoso de Snoopy que le pertenecía a sus nietos. Yo lo deseaba con locura. Puedo sentir hoy, en el pecho, esa emoción inconmensurable el día que me lo dio. "Cuidalo", me dijo, con sus ojos claros y su cabello enrulado, blanquísimo. Unos días después, en una distracción, lo perdí. Me lo olvidé en un autobús, yendo váyase a saber donde. Me bajé, y no estaba. Ni Snoopy, ni el autobús, ni la emoción de tenerlo. Ese día lloré y mucho. Recuerdo también la vergüenza que sentí, y el miedo, y la sensación de haber decepcionado a ella, a la señora, cuando se lo conté. Me veo, aún, llorando desconsoladamente, por ese muñeco apelmazado que había tenido tan solo unos días: puedo asegurar que lloré en silencio, y en soledad, muchos más días de los que realmente lo tuve.

De adolescente lloré por mi madre. La lloré no porque se había ido para siempre, sino más bien porque su imagen fuerte, autosuficiente, entera, se había marchado. La lloré cuando entendí que era humana. Pues verla humana, me recordó que yo también lo era.

Ya más de grande, mucho más grande, lloré por un amor. Mi primer amor de adulta. Muchos, muchísimos, conocen a esa Zahira, en vida, en relato, y en fantasías. Una mujer que aparecía, en sus comienzos de edad adulta, que había soñado y deseado, con el mismo énfasis, una ilusión tan grande como la que me regaló aquel muchacho, por unos meses quizás, un muchacho roñoso y apelmazado como el Snoopy. Lloré, por él, mucho más tiempo que el que había estado en mi vida. Me estaba muriendo, por dentro y por fuera. Pero no me morí.

Recreé algunas veces más esa pérdida. La del amor. La del que uno cree que es el amor. Llorar al ser amado porque se había ido. Se había perdido. Lo había perdido, cuando siquiera lo había encontrado. Lloré tanto, tantas veces, tantos gritos, tantas noches, tantos suelos, tantos hombros, tantas muecas.

Lloré algunas veces más. Por pérdidas, siempre. Algunas propias e insignificantes. Otras ajenas e igual de insignificantes. Lloré por películas y libros de amor, cuando se perdían los protagonistas el uno al otro. Lloré de bronca, por haber perdido, hace tanto, esa sensación de ser superpoderosa. Perdí dinero, perdí celulares, perdí archivos, perdí trabajos, perdí amistades, perdí mascotas, perdí las llaves, perdí cables, perdí quilos, perdí el respeto, perdí minutos de terapia, perdí juventud. Y perdí, hace bastante, la capacidad de ilusionarme por cosas mundanas.

Hoy, me doy cuenta, que perdí eso que había acompañado mis perdidas en estos casi veinticinco años . Perdí el llanto. Hoy, con el whisky y el tabaco al lado, escuchando acordes melosos, recibiendo la nostalgia de velas y vientos lluviosos, con mi cabeza dolorosa, frustrada, enojada, irónicamente perdida, perdí mi capacidad de llorar. 

Acerca de pérdidas. Acerca de haber hablado con alguien del saber que quizás no haya más que esto. Que quizás nadie te espere, nadie te piense bajo la luna gris, como cantaba el ratoncito Fievel cuando era muy niña y veía su historia, en un VHS, y todavía lo tenía todo. Tenía la juventud, la vida por delante, la virginidad, la sensación de ser todopoderosa.

Y, sobretodo, tenía la ilusión.-

En algún momento, decidí escribir acerca de las madres en el día de hoy, pero luego decidí no hacerlo: todos tenemos, tuvimos, somos, conocimos, amamos, odiamos, u admiramos a alguna madre. Pues, simplemente, luego de algunos saluditos de rigor, y otros no tanto, decidí narrar lo que nos compete hoy.

Platos.

Luego de angustiarme y enroscarme sin motivo hace algunas noches, la noche del miércoles, luego de decirle algunos sinsentidos por medios virtuales, frases que más que reclamos eran pensamientos exteriorizados, acordamos con el señor que al día siguiente nos veríamos. Al mediodía, para almorzar, luego de su ensayo, y antes de mi jornada laboral. "Buscame a las dos por la sala, en Alvarez Thomas y Los Incas". Sólo iba a tener una hora, pero me pareció suficiente.

El jueves me levanté tarde. Me había quedado toda la noche bebiendo y hablando, escribiendo y pensando, escuchando y sintiendo. Tomé en mis brazos mi preciosa bicicleta y salí, tarde, a la calle. Un dato no menor es mencionar que vivo en Caballito, por lo cual llegar a destino suponía un desafío. Un bello desafío en el cual pedaleé bajo el rayo de sol en la avenida Córdoba, sorteé imposibles empedrados, retoqué mi maquillaje unas cuadras antes, y en la esquina señalada me caí, rompiendo mis calzas engomadas y el tejido de la epidermis de mi rodilla. En fin, nos encontramos.

Platos cruzó la calle con una camisa verde a cuadros, un morral gastado, y una cara contenta. Yo lo esperaba, con los ojos delineados y mi hermosa bicicleta. Era tarde, me había demorado. No tenía más que media hora, pero ese camino eterno, soleado, de mediodía, y el fugaz encuentro, ya eran suficiente para mí. Caminamos mucho. Villa Urquiza nos regaló, en sus calles de barrio, en sus contados minutos, en sus brisas cálidas, sonidos de árboles, panes de queso, besos, una birra, palabras huevonas al pasar. Nos tomamos juntos el subte. Dos fenómenos, sentados uno junto al otro, en la línea B. Yo, a la izquierda, con mi bicicleta plegada entre las rodillas. Él, a mi lado, con su instrumento y sus bolsas de supermercado. Glorioso, efímero, cotidiano, imposible, amado, vívido. En alguna estación entre Tronador y Alem, Platos, dejó caer su torso en mi pecho, recostado y relajado. Sin saber muy bien que hacer, sospecho besé su frente, acaricié su pelo, o me inmovilicé completamente. Lo que recuerdo, como si lo viviese ahora, es el momento en el cual levanté la vista distraídamente a mi derecha. 

Y lo vi.

En el vidrio de ventanas que conducen a ningún sitio, entre el ronroneo de los rieles y las caras de cansancio, en una tarde de un jueves, en un tren subterráneo, en el afán de alcanzarme, una calcomanía, pegada, torcida, casi al pasar. AQUÍ Y AHORA, rezaba. Y lo entendí todo.

El Universo, en ese mundano momento, me transmitió, cual revelación divina, ese mantra que tanto me faltaba poner en palabras. Palabras que había escuchado tantas veces, juntas o separadas. Aquí y ahora, Zahira.

Les aseguro, queridos, que en ese momento, entendí todo.-

Hoy me encuentro en un estado extraño. En uno que, sospecho, es infundado por mi propio deseo de encontrarlo. Escuchando Pastoral, Aristimuño, y Almendra, verborrajeando y bebiendo vino, esperando el ansiado sueño que apague, o calme, al menos, esos movimientos musculares que amenazan con convertirse en ansias, deseo, y sobretodo, ansioso deseo de desear con ansias.

Me pregunto cuantas veces se siente con real sentido. Y cuantas veces se genera este, en el profundo deseo de encontrarse con todo aquello que nos han dicho que debemos encontrar.

Siento, sin embargo, que no hablaré de nada puntual. Nada particular. Nada mas que los dientes violetas de uvas y los oídos empapados en palabras que solo dicen "vos". 

Entiendo, luego de pocos años, algunas sesiones de psicoanálisis, e infinitos encuentros con mis más miserables miserias, que no tengo control. Que pretendo tenerlo, que finjo tenerlo, y que mientome tenerlo. Que quiero creer que lo tengo. Pero vuelvo, una vez más, a escudarme detrás de una casualidad, para no hacerle frente. Una casualidad que alguna vez fue enojo, otra fue angustia, que hoy es una copa, un pucho, y un puñado de palabras. Que no espero encuentren sentido en ellas.

Platos apareció, así, hace unos años. No podría especificar, con exactitud, ni sin ella, cuando. Ni como. Si fue una mirada, si fue una solicitud de amistad, si fue una palabra errada o acertada, alguna vez, o ninguna. Pero Platos apareció y hoy ocupa mi mente. Ocupa un lugar, en verdad, que necesitaba sea ocupado.

El primer encuentro con Platos fue desafortunado. Increíble e inrelatablemente infortunado. Un encuentro de bronca con otro, donde finalmente lo eché de mi casa, donde unos días luego decidí perdonarlo. Donde aparecieron encuentros aislados y sinsentido. Donde compartimos helados, palabras, música, risas.

Platos vino ayer a mi casa. El día de su cumpleaños, luego de haber pasado la tarde juntos, entre mascarpones y cafés con leches, entre lluvias y bicicletas, entre ramos de flores y barrabasadas. Tuvimos sexo. En algún punto, entre todos ellos, alguno coloreado por el humor y la grasada, me preguntó si quería ser la novia. Con todos esos años encima, me lo preguntó. Un contrato de un día a renovarse. 

No puedo evitar recordar, casi sentir, una charla lejana, váyase a saber con quien, donde mi interlocutor manifestaba abiertamente su deseo de, llegados estos contratos de exclusividad y pertenencia, no fueran "hasta que la muerte nos separe", sino mas bien a renovarse, casi como un alquiler, cada determinados periodos de tiempo. Me pregunto hoy, con la cuarta copa, si éste no sería el secreto del amor eterno. Un amor que se renueve, se reelija, se regenere, casi como la copa, la mía, que vuelve a llenarse en función a mi deseo de seguir bebiendo de ella. 

Pido mis eternas disculpas si esto no tiene mucho sentido. Me pregunto si algo lo tiene. Sólo estoy presionando teclas en función a vagas ideas que aparecen, casi, casi, como aquellos que marcan nuestra vida para siempre: aleatoriamente.

En fin. Hoy le dije a Platos que le regalaba un lunar. Mi favorito, en respuesta a su inquietud de cuantos tenía. Ese que llevo tan cerca del corazón como de mis vísceras. En representación al amor eterno que deseo sentir. Que me obligo a sentir.

Amor a todo. A todos. Al tabaco, al vino, y a las almas como la mía. Disculpas. Es todo lo que tengo, y es todo lo que hay. Y buenas noches.-



Acerca del encuentro y el desencuentro. Palabras que nos remontan a una espera en algún punto previamente acordado con el otro. A una búsqueda intensa del amor perdido, o desconocido. A dos miradas que se cruzan en la multitud, sintiéndose, reconociéndose, amándose. Sin embargo, hoy no haré referencia a nada de esto. Sino más bien a la búsqueda más olvidada y subvaluada de todas: el encuentro con uno mismo.

Hace unas semanas que, sin saber por qué, comencé a sentirme extraña. La alarma fue, un día, en el cual caí asustada en una clínica, con palpitaciones y falta de aire. Llorando en la sala, esperando mi turno, para que un médico de intercambio me dijese que "todo estaba en orden". La mayor y mas evidente alarma de que algo no anda bien: el propio cuerpo. Desde ese domingo, preciso, que estoy atenta a estas pequeñas señales de aquello que no comprendo. A fuerza de cama y tés de tilo, de charlas y evasiones, sigo en pie, sin entender muy bien eso que me anda pasando. Hasta hoy. Recién, hace unos breves instantes, en los cuales algunos resabios de mis años de psicoanálisis, me hicieron atar cabos. Simplemente, de que estoy en duelo, frente a una pérdida que es la propia. 

No puedo dejar de lado que este año para mí fue desorbitante. Varias mudanzas y varios cambios laborales. Una separación que dramaticé por demás. Gente que apareció en mi vida, mientras otra desaparece lentamente. Algunas noticias preocupantes en cuanto a mi familia. Un brusco cambio en mi cuerpo. La desición propia de darle la espalda a un tratamiento que formó parte de mi vida estos últimos tres años. Y sin embargo, distraída en todo esto, en todo el movimiento, pequé de quitarle a cada sacudón la relevancia que en verdad debería de haberle dado. Hoy estoy algo más quieta.  Y, como quien pasa dos días despierto, cae muerto al momento que para un instante, el peso de todo aquello que me hizo tambalear mis estructuras estos últimos meses, cobra su factura.

En el intento desesperado de generar una empatía forzada e imposible con mi ser, anoche, me decoloré el pelo y me teñí de rubio. Claro está, para que quede naranja. Y hoy, espantada, volví a decolorar.. ¡PARA QUE QUEDE MÁS NARANJA! Vuelta a teñir, sigo naranja. Y de camino al cine, con mi ticket en el bolsillito de mi campera, di la vuelta manzana y volví a casa, esta, la nueva, con la sensación de no hallarme en este pelo, para darme cuenta, cruzando Alberdi, que nada de esto tiene que ver con el pelo. Sino con eso mismo, de no hallarme conmigo misma. Con el desencuentro conmigo. Con una pérdida que se asocia al cambio. Porque si bien todos estos cambios fueron en positivo, para mejor, para crecer, no puedo descartar el hecho que para darle lugar a la nueva Zahira, hay que decirle adiós a la vieja. Dejarla morir, lamentar su pérdida, hacer el debido duelo, para luego ver todo lo nuevo, en paz.

Una vez mi analista me dijo, en tiempos de crisis, que un día me iba a despertarme, dándome cuenta que había sol. Y eso pasó. Un día, desperté y había sol. Esta experiencia fue fundamental en mi crecimiento, pues ahora, entiendo que incluso cuando todo se vea oscuro, el sol está por ahí esperando que lo descubra. Como el sol que tengo dentro, que hace que mi pelo se vea como un bello amanecer. Pelo naranja que tendré que llevar con la frente en alto. 

Que lograré llevar, finalmente, al momento que me encuentre después de tanto desencuentro.-