Un mensaje

Hace días que estoy triste. Me encanta echarle la culpa a los cambios hormonales. Me libera un poco de la presión. Sin embargo, debo hacerme cargo de lo que realmente me aqueja. Pero estoy en problemas, cuando no sé que es eso que tanto me angustia.

Anoche exploté. Y como siempre cuando exploto, lastimo a los que tengo alrededor. Matias está acá, al ladito, es el primero en ser afectado. Luego siguen mis amigos y amigas, que Dios supo poner en mi camino. A veces les contesto mal, otras veces cancelo planes inesperadamente, las más los preocupo o interrumpo a mitad de la noche con historias a medio contar, descargues kilométricos, conjeturas, análisis rebuscados e idiotas. Y mi familia, que se preocupa y aparece apenas, para que yo me escape. Quizás porque es con ellos con quienes me quiebre finalmente que estoy escapándoles, porque la sociedad espera que una sea fuerte y esté de pie, y crezca en todo sentido y a cada momento, sea independiente y no necesite de nada ni de nadie.

Me apena mucho saber que no puedo dejarme querer. Me cuesta. No entiendo por qué, no sé qué habrá fallado en mi educación o en mi propio aprender. He gastado miles de pesos y de minutos tratando de entender y modificar ciertas conductas. Algunas lo he logrado, con mucho esfuerzo y muchísimo sufrimiento, propio y ajeno. Pero en otras, me siento tan desorientada como cuando comencé a cuestionarme qué me pasaba.

Se me revuelve el estómago. Me doy cuenta que estoy enroscada, enroscadísima, y ya no tiene que ver con el otro, con lo que me da o no. Tiene que ver conmigo. Me pregunto si realmente querré cambiar, o si me da tanto miedo lo desconocido que cuando estoy yendo hacia lo nuevo, lo sano, enseguida freno y salgo corriendo hacia el punto de partida.

Estoy parafraseando, como siempre. Sin decir nada.

Hace no mucho leí un cuento, el último de Abelardo Castillo. La que espera. Habla de una mujer que tiene un hermano, al que dan por muerto. Ella, durante años, sirve su mesa y tiende su cama y lava su ropa, porque sabía que estaba vivo. Finalmente, su hermano aparece, y ella lo mata, pues no pudo salir de su escencia de estar esperando, ahí cuando ya no había nada que esperar. Una vez muerto, siguió sirviendo su mesa, tendiendo su cama, lavando su ropa. Esperándolo. La lectura de este cuento me dejó shockeada, porque supe que era ella. Porque siempre espero algo (alguien) que cuando aparece destruyo para poder seguir esperándolo. Tengo intenciones de enmarcar ese cuento y colgarlo en mi casa. Pues soy yo, en otra historia y en otro tiempo.

La respuesta es que espero a alguien más que no es. Y dándome cuenta de esto, acabo de escribirle un mensaje a mi papá, quien desterré de mi vida desde mis dieciocho años. Y desde entonces, recuerdo su teléfono como si fuera mi nombre y apellido.

Necesito saber. Hay cosas que no sé, y que estoy segura que él si.


Acaba de responder.-

Buika

Matias dice que soy novelera. Se me ocurre pensar que quizás, incluso aquellos que leímos poco, disfrutamos tanto la poesía que no podemos vivir sin ella. Y cuando hablo de vivir, hablo de llevarla encima como modo de vida.

Hoy no siento nada. Nada particular. Un estado extraño que no sabría explicar. Producto de mi incipiente período, de las últimas noches con este muchacho (y días, a no olvidarlos!) que no han sido cien por ciento placenteros. Eso y mucho más me llevan a estar hoy, en casa, escuchando a Buika hace tres horas, a la luz de las velas, tomando vino, fumando, sola en San Cristobal, con la casa caliente, el cuerpo limpio y perfumado, en una cita eterna conmigo misma, con el cuarto coronado apenas por el andar de mi gato y el sonido intermitente de los vehículos en el pavimento de Avenida Independencia. Esta noche preparé una hermosa cena que solo disfruté con mi silencio interno. Ya no tengo dudas ni me pregunto nada. Zachín, mi gato, sale corriendo del baño y sube escandalosamente a mi sillón naranja, nuevo, perfecto. Le pregunto qué pasa y se calma un poco. El cigarrillo se consume de a poco hasta derretir el plástico del teclado sobre el cual lo he apoyado. Recibo por mail el escrito de un colega que de alguna forma misteriosa me respeta.

Quizás esta sensación sea, realmente, en sentirme sola de nuevo, más allá de que alguien esté por venir a casa, el mismo cuerpo que hace dos meses, el mismo ser que tiene mis llaves y un gorro. Me siento sola como aquella vez, hace meses, en la casa anterior, cuando entendí la soledad no como estado del alma ni como forma de vivir, sino como esencia propia de algunos que sabemos que así llegamos y así sabremos irnos.

Buika ha sido una excelente compañía para no esperar nada. Solo dejar pasar las horas y elegir quedarme en casa, con nada y sin ello.

Siento que la historia con Matias llegará a su fin incluso antes de haberla contado. Me escucho en mi discurso hablar de él y con él, y me exaspero. No quiero que nadie se robe mi hablar. No quiero que lo acaparen ni lo pueblen, pues yo soy tierra virgen que espera ser conquistada. Y aquí no hay conquista, queridos lectores. Sólo hay un mientras tanto, y una recaída en la hermosa poesía de una bella mujer que no puede ser amada más que por ella misma. Una mujer que escucha boleros deseando tequila, que respira el humo viciado en el aire del mismo cuarto donde se dejará poseer minutos luego, por un cuerpo, secundario. Que despertará al día siguiente para decir "buen día" con el mismo énfasis al cuerpo que la perforó y al verdulero de abajo de su casa. Una mujer que camine bajo el sol soportando piropos y guarangadas con el mismo rostro que comprará queso untable y leche en cartón barata.


La poesía, mis queridos.-

Post

Un error muy común está asociado con el "estar". La gente tiende a pensar (y me incluyo) que con enviar un mensaje vía celular o vía red social, se está presente. Las condolencias, el cumpleaños, el interés políticamente correcto por un examen, una entrevista laboral, un vínculo amoroso, la salud propia o de un familiar. Pequeñas palabras que no deberían decirse sin un abrazo de por medio, un mate caliente, una caminata extensa y cortísima. Aquellas cosas que nos ha facilitado la tecnología, que a su vez se han llevado la realidad.

A su vez, es común pensar que el "estar" es solamente físico. Olvidamos, muchas veces, que la tecnología no es nuestra cárcel, sino una mano amiga, que no envía mediante ningún emoticón una sonrisa luminosa, pero que reproduce a la perfección la voz, nos transporta a través del tiempo y las distancias, nos cierra el estómago.

Aquí elegimos, todos y cada uno de nosotros, si lo que tenemos, y aún lo que nos falta, nos acercará o nos alejará.

Acabo de decirle a Matias, mediante un mensaje de texto, que finalmente se convirtió en aquello a lo que venía huyéndole: un mero cuerpo en mi cama. Un cuerpo conocido y repetido, como supe decirle. Un cuerpo que sabe qué me gusta pero ignora lo demás. Matias es, lamentablemente, muy relajado. Matias puede irse y conectarse a un nivel envidiable y detestable a su vez, con todo lo demás, olvidándome por completo. Haciéndomelo sentir, al menos. Matias no llama ni escribe, no envía fotos de su perra ni cuenta donde está. No comparte las cosas que hace, no trasmite si me quiere o me desea. Nunca está primero, pero allí está puesto. Supo decirme, hace unos días, que no dejo lugar a las sorpresas. Que en principio escribo, digo cuánto lo quiero, invito. No voy a negarlo, está absolutamente en lo cierto. Matias me genera, como pocos, y como todos, un nivel de ansiedad y malhumor que en principio sólo sentía en su falta, para luego sentirlo incluso, me animo a decir, cuando lo tengo dentro mío. Sé que no es su culpa, o al menos no por completo.  Pero no puedo evitar caer en esa calesita donde el punto de referencia desaparece por completo de mi ángulo de visión, temiendo su desaparición completa, para apenas una vuelta luego encontrarlo de nuevo, hasta lograr confiarme de su pronta aparición, incluso cuando yo no lo veo. Lo que sucede con las relaciones es lo mismo que con los carruseles: frena. Y donde frena, a veces está el otro, felicitándonos por la sortija, y otras, no hay nadie. Quizás mi error fue subirme a la calesita hasta los diez años, y tomar esta recreación como una modalidad de vida y de relación con el otro.

Luego de escribirle a Matias, quité la batería del celular, y pensé en llamarlo. Luego pensé en escuchar una canción, que repetí hasta el cansancio, con un ron puro en un vaso de whisky, con las primeras frases de este escrito resonando en mis sienes, y los dedos temblorosos y desesperados. Y un cigarrillo, claro.

Creo que Matias no me hace bien. Exijo algo que no tiene, y el espera algo que no puedo. En un afán por complacer al otro, estamos dejando de ser, en lugar de dejarnos ser.

Sé que pronto vendrá la despedida. Vendrá con un pañuelo y un gorro tejido que le presté, las llaves de casa, y un abrazo con llanto. Y se irá, mientras mire por la ventana su sonrisa tímida de labios apretados, intentando encontrarme a través de los vidrios espejados de mi hogar, en San Cristóbal, en una noche fría y con niebla, en mi ciudad adorada donde el no nació, mientras miro por debajo de la puerta la rendija de luz, esperando oír sus botas entre estos eternos acordes de cuerdas, ver su sombra, pero no, la luz se apaga, el vaso se vacía, la hoja se termina.


Y como en todo carrusel -calesita- la vuelta comienza de nuevo, justito donde terminó.-
Han pasado ocho días de esa carta. Matías vino, al otro día, con un vino en una mano, y una cerveza fría en la otra. Yo tenía un pollo al horno, y un manojo de nervios que intenté, en vano, disimular guardando cubiertos y hablando de irrelevantes sucesos de ese día. Sé que he perdido el don de contar linealmente las historias. Quizás mi nuevo don sea contarlas desde la no-linealidad. En fin. Vino la noche siguiente, cenamos, hablamos, fumamos, jugamos cartas, tuvimos sexo, bebimos ron, lloramos juntos y separados. Fueron nueve horas de sólo ser, en los treinta y seis metros cuadrados de mi departamento, con olor a jazz y ceniza en el piso. Después de ese día, de esa noche, dormimos casi todas las noches juntos. Mejor aún, despertamos todas las mañanas -los mediodías- juntos. Supo confesarme que vendría, ese lunes, a dar cierre a la historia, esa que aún no les he contado. Supo confesarme a su vez que se dio cuenta que vendría para quedarse, cuando se encontró a sí mismo eligiendo un vino. Eligiendo compartir.

No es eso lo que vengo a contar. Lo que vengo a contarles, mis queridos lectores, es otra cosa. Es algo que no sabría precisar cuándo sucedió. Sólo sé que era de día, que estaba a las corridas armando la cartera, buscando ropa para ir a trabajar, apagando luces y cerrando canillas. Y cuando tomé dinero -que pego vistosamente en la heladera, con un imán francés que, alguna parisina me regaló hace no mucho en Capilla del Monte- que sucedió.: cayó una foto de mi heladera. La tomé y se la dí. "Ésta soy yo", le dije. En la foto, que ahora escondo bajo un libro, y me paro, y la vuelvo a pegar, en este mismo instante, en esa misma heladera, hay un bebé de ojos de botón, besando a una madre de casi cuarenta años, sonriente. Sonrientes las dos. Matías la miró un largo rato, quizás demasiado extenso para una foto familiar, y me la devolvió, con los ojos en risas, sin decir absolutamente nada. Todo continuó.

Fue recién, escuchando a Aristimuño, tomando un vino de veintiséis pesos, lavando tazas y vasos, que la recordé. Pensé qué habría visto este chico, este desconocido e íntimo ser que supo convertirse, en sólo unas semanas, en un buen compañero. UNA NIÑA SONRIENDO. Un beso. Un instante en el génesis de una mujer. Y lavando los últimos cubiertos, pensé, quizás, cómo la vida, el cosmos, el Universo, nos trae al mundo, a la Tierra, la nuestra, y nos deposita de manera aleatoria en un seno familiar, en una cultura, en un tiempo, en un barrio, en una casa, en una realidad social, en un subte, en una cuadra oscura, en un escritorio, en un abrazo, en un cuerpo desnudo, en una cama, en unos acordes, en un grito desgarrador, en una bicicleta, en un atado de cigarrillos, en un cuarto en penumbras, en una copa de vino, en una hoja en blanco, en una historia que son tantas. Pensé, pues, como todo eso y mucho más, nos forma, de la manera que se puede, así como el destino, los astros, el orden universal, disponga. Me pregunto qué tendré que ver con esa niñita, ya de cabellos cortos, con los ojos vidriosos y la sonrisa amplia, al dar un beso. Me pregunto si será eso lo que esta persona, de ojos del tiempo y cicatrices abdominales, de modos felinos y ademanes ambiguos, habrá visto en mí.  No niña ya, sino mujer, sonriente, con ojos vidriosos, besarlo en la mejilla, con el alma completa, con miedos eternos, con las armaduras rendidas y el alma entregada. Pienso, quizás, que vio eso, el minuto entero que observó esa fotografía. Que esa niña era ESTA mujer que se muestra, hoy, solamente, a él mismo.

Ayer le di, a Matias, una llave de mi casa. No las dos: una sola. La primera. Excusada en una facilidad, y amparada por un simbolismo.

Te abro, con dificultad pero, por desición propia, una puerta que no es solamente la de mi casa. Es otra, mística, imperfecta, a medias y completa a su vez. Es la puerta de una historia que, Dios mediante, nos sepa hacer vivir para, con ella, poder crecer.


Buenas noches a todos. Seguiré, con Aristimuño y un malbec, nocturna y expectante, en este barrio hermoso que me sabe alojar.-
Comenzaré esta historia con una carta que ha sido, con un nombre real, con una intriga que develaré pronto, prontísimo.


"Escuchando Héroes del Silencio me decido a escribirte. Con algo de dolor, sí, y con la leve sospecha que, quizás, si me atrevo, y sólo si me atrevo, en un intento de autopreservarme, te borre de todo medio, y haga un corto pero interesante duelo, que me abra a plantearme cosas que aún no he tenido el coraje de siquiera vislumbrar.

Disfruté todo minuto con vos. Desde el conocerte hasta el olvidarte, desde reencontrarte hasta sentirte dentro, desde desear tomar mate a la mañana hasta hablarte en mi entorno, desde hace unos dos meses hasta el minuto mismo en el que leas esto, si es que me atrevo a enviártelo, si es que no lloro esta noche, si es que nunca más nos vemos, aunque tengas unas prendas que quisiera recuperar y aún espere una bandeja para desayunar en la cama. Sin embargo, hoy te pasó algo que noté insantaneamente. Ahora, me pasan otras cosas a mi, que no quisiera que estén acá, pero lo estan, y en mi afán de ser fiel a todo y a todos, pero principalmente a mí misma, no puedo ignorar. Una vez, una persona que conocí, me dijo "dejá de avivar giles". Deseo, irónica y ambíguamente, no estar avivándote con esto. En fín.

Hoy trajiste a mi cama un estado, tuyo, del cual no me hago cargo. Pero con él, trajiste a mi cama a una persona que no conozco, pero que estuvo en mi cabeza todo el día, mas que vos, mas que yo misma, más que mi trabajo, mi casa, mi bicicleta o mi gato. Incluso, parado en esa esquina de Alberti, donde encajabas de manera casi perfecta, como en mi cuerpo, esa persona estaba ahí. Esa persona y esa historia que es la tuya y la ajena, que no es mía pero me inquieta. Esa sensación de no ser pero leer. De quedar encerrada en el cuarto con quién me lastima, queriendo escaparme de aquello que pensé podía dañarme. Aprecio tu intención de hacerme partícipe, pero no lo agradezco. Yo NO soy tu amiga. Tu discurso no me hizo bien, no me hizo parte, no me hizo entender ni me calmó en nada. Matias, yo no quiero vivir acarreando fantasmas ajenos. Yo quiero construir, cada día más siento que lo que construya será en función a mí y no en función a otro. Quizás no pueda siquiera compartirlo, nunca, con nadie, y solo construya una casa con un cuarto. Una casa para mí sola.

No sé bien que quiero decirte. Solo comparto. Solo te hago caso con aquello que me pediste, que no te mienta. No te preocupes, no sería capaz, de mentirte a vos ni mucho menos a mí.

Matias.  Vos me gustás. No de la misma forma que el día que te vi por primera vez, sino de esa y de muchas más. Pero más me quiero a mi misma, y debo cuidarme, porque soy yo quien estará siempre a mi lado. Lamento mucho estar diciéndote esto. Lamentaré borrarte y no barajar más el impulso de escribirte o no hacerlo. No quiero vivir con miedo. No quiero vivir pérdidas que son evitables. No quiero llorar más, no quiero ponerme de mal humor ni dudar ni temer ni pensar ni esperar. No puedo ni quiero. Perdoname. Sos una persona maravillosa. Al menos lo parecés. Quisiera haber podido descansar un poco más a tu lado. Quisiera vivir en la ignorancia. Quisiera que hubieses elegido no hacerme partícipe de ciertos aspectos de tu historia. Quisiera que duermas todas las noches conmigo. Quisiera tantas cosas. Pero con querer no alcanza. No alcanza con querer como "amar", ni con querer como "desear". Parte del querer es saber dejar ir. Vos, evidentemente, no pudiste, y lo entiendo, o al menos eso trato. Son muchos años, la mitad de la vida, miles de momentos y de encuentros y desencuentros. Me siento mínima e insignificante al lado de semejante magnitud. No quiero sentirme así. A veces me haces sentir grandiosa, pero otras, no. No tengo ningún indicio de poder ganar acá. Una leve esperanza, sí, de que no me hagas caso, de que me busques, de que me encuentres, y que te quedes. Esas cosas son fantasiosas. La vida es más cruda y menos guionada.

Lo último, y con esto me retiro. Estoy llorando. Tímidamente, pero lloro. No cualquiera tiene la capacidad de producirle al otro, en tan poco tiempo, algo tan fuerte como lo que me pasa con vos. Sentite orgulloso. NO ES LA PIJA, queda claro. Es otra cosa. Es la esencia. Ya me estoy yendo, pero sigo acá.

Gracias por todo, Mati.


Zahi.-"
Quiero contarles que hace unos meses, un año quizás, una de mis hermanas se enfermó. No recuerdo si lo escribí. Si recuerdo haberlo contado a algunos íntimos. Una de esas enfermedades que todos tememos, que acercan a la muerte, que da frío en la espalda de solo pensar que puede tocarle a cualquiera, independientemente de la vida que lleve, pues a veces ataca a quienes menos se exponen. En fin. No sabría decir cuan gravemente se enfermó. Su enfermedad fue grave, su tratamiento prolongado. Hubieron momentos donde recuerdo haberla llorado, en soledad, o en compañía, casi como si se hubiese ido. Hubieron, también, momentos de negación, donde me hice la tonta (como tantas otras veces, con tantas otras cosas). Malosentendidos, por no hablar con quién realmente sabía (ella). Sesiones de terapia enteras hablando de la pérdida, no sólo la física, sino también la simbólica, la de "ese que es" y que deja de ser.

Recién estaba desnuda, en la cocina de mi casa, pelando un kiwi. Acababa de salir de la ducha. Vestida de Dove, escuchando los saxos de mi alcoba, empecé a pensar. Fue entonces que, habiendo comenzado, una hora atrás, una decena de escritos, sentí el real impulso de escribir, de sentarme en mi silla naranja, con los dedos aún oliendo a fruta, y procesar esto que me aqueja.

Quiero contarles, a su vez, que mi hermana ya no está enferma. Luego de cuarenta y siete días casi consecutivos de exponerse a rayos, y seis meses de invasiva quimioterapia, mi hermana se curó. Eso dicen los médicos, eso dicen las estadísticas y, especialmente, eso dice ella. Sin embargo, algo me ha quedado. Algo que no sabría precisar, algo que me llena los ojos de lágrimas, la faringe de mocos, y me espasma el rostro. Lo que ha quedado, es el miedo. Es el baldazo de realidad. Es el saber que la otra persona hoy está, y mañana, quizás no esté. Tantas veces hablé de las pérdidas, y tantas de los encuentros, que podría resumirse la vida en solamente eso: una sucesión de encuentros y pérdidas. Es el saber lo que me aqueja, si, pero es otra cosa la que quisiera procesar, y es una idea que los últimos días, estuvo mucho en mi discurso, en un bar, en una reunión con mi superior, en mis kilómetros de bicicleta. Mi hermana ya no está enferma. Sin embargo, sigo sufriéndola en silencio y en soledad como si aún lo estuviera.

Hace unos años, yo también me enfermé. Algunos lo saben, otros estuvieron, muchos lo ignoran. Yo me enfermé de otra cosa, pero mis queridos, puedo asegurarles, sufrieron mi enfermedad tanto como hemos sufrido un cáncer ajeno. Incluso cuando me curé, seguían teniendo miedo. Incluso años después, la gente que estuvo ahí, siguió dándome abrazos eternos, susurrándome al oído cuánto me querían y cuán felices eran de ver mis logros. Y yo no lo entendía, no entendía por qué, tanto tiempo después, seguían pensando en eso. Ahora lo entiendo. Ahora puedo entenderlo porque estoy en otro lado, el del espectador expectante. El que se queda en el cine una vez terminada la película, mirando los créditos, esperando el bonus atento, cuando los desprevenidos lo verán parados en el pasillo con el abrigo a medio poner. Es la idea, el miedo, el que se quema con leche que ve la vaca y llora, o que escribe  y llora, tímidamente primero, y luego a borbotones, cual caricatura.


Lo que había hablado, estos días, en el bar con un desconocido, en una reunión con mi jefe, en mi transporte conmigo misma, era la noción de las etiquetas. Pequeños post it mentales que se van colocando desde la primera infancia hasta el segundo anterior e inmediato al presente, que nos condicionan en el actuar, en el sentir, en el temer, en el elegir, en el esperar, en el dejar ir o retener, en el llorar en soledad, escribir desnudo con la estufa al mango, y pegar un salto, de un segundo al otro,  y empezar a caminar.-

Acabo de tomar una decisión fuerte.  Fuertísima. En este miércoles frío de mayo, asomada en mi ventana de San Cristóbal, lo veo al Amante, irse, con sus patas separadas y su espalda larga. Con los ojos llenos de lágrimas, producto del simbolismo que tiene esto, así como de mi incipiente período, le dije, valientemente, que ésta era la despedida.

Poco llegué a contar del Amante. Cierto es que hace unos meses ya nos conocimos, como supe escribir. Cierto es que, la primera semana, nos vimos en reiteradas ocasiones, pasamos citas mágicas y noches extrañas. Recuerdo (recordamos, ambos) la noche de la segunda cita. Fue perfecta. Ambos sabemos, también, que si nunca más nos hubiésemos visto, hubiese sido utópico. Pues fue esa noche, donde, retrasado para retirarme de mi trabajo, me subí a la bici y, enojadísima, comencé a pedalear hacia mi casa (mi antigua casa), para que él me cruce momentos después, frene al costado de avenida Independencia y, luego de mi reclamo horario, cargue a mi bicicleta en su baúl y a mí en el asiento acompañante. Esa noche me llevó a un lugar perfecto, el atelier de un artista, muy cerca de Retiro, un galpón lleno de luces de colores, en el medio de un descampado, plagado de artefactos extraños, música, gatos. Comimos, recuerdo. Yo salmón y creo que él, mejillones. Nos besamos caminando por la sala de exposiciones, un beso hermoso, donde yo era hermosa, él era hermoso, ambos nos veíamos hermosos en esa hermosa noche de un hermoso enero. De ese momento a hoy han pasado tantas cosas, tantísimas. No con él, sino conmigo. El Amante fue, accesoriamente, quien fue apareciendo en mi casa, siempre en noches de lluvia, siempre con dos atados de Marlboro y alguna bebida alcohólica. El Amante siempre se fue por las mañanas sin despertarme, apenas besándome la cavidad del ojo, hacia sus inciertos rumbos, quedándome yo envuelta en mis sábanas azules, abrazada a mi gato o a mi almohada, desnuda. Pero anoche fue diferente.

Anoche no pude. Anoche abrí la puerta y su beso me resultó incómodo, el momento de acostarnos fue retrasado, por mi parte, horas. Y, llegado, le confesé que no podía, que no quería. Me preguntó si se iba, pero se quedó. Esta mañana, desayunamos juntos por primera vez, única y última. Y sentada en la cama, envuelta en mi camisa a cuadros de polar, se lo dije. Que quizás él no lo había entendido. Pero ya no podía. Porque quería, necesitaba, saber que existía una ínfima posibilidad que la persona que use mi cama, use mis forros, y le usurpe la almohada a mi gato, me diera más que eso. No fue un reclamo a su persona, quiero que quede claro. Desde siempre supe que el Amante, a duras penas, podía ser amante. Pero lo entendí, entendí eso que vine gestando estos últimos meses, o este último cuarto de siglo.

Ya no quiero garchar, ni quiero que me garchen. Aunque suceda también. Eso es lo más fácil. Puedo tener, soy consciente  un cuerpo diferente en mi cama cada semana. Pero no quiero eso. Como se lo dije, al otro día, se siente un vacío. Y ya no lo quiero. Quiero compartir otras cosas, quiero saber que está la posibilidad de que pase, aunque finalmente no hablemos nunca más. Recuerdo que me lo dijo este chico, el Amante, una noche de hotel, extrañísima noche.

"Zahira, vos no estás para amante, vos estás para más".

Pensaba, al despedirnos, qué nos habremos aportado el uno al otro. Cada persona deja lo que debe dejar, y sigue su rumbo. Algo le habré dejado, lo aseguro. Y él me ha dejado eso: saber que no solo estoy para más, sino que además, lo deseo.

Y aquí quedé en mi casa, escuchando Prince, en un mediodía frío pero soleado de otoño, sabiendo que necesito ilusionarme. Que no estoy tan oxidada como pensaba. Y que tengo la fortaleza de terminar las cosas que no deseo. Y desear las que, a veces, sienta que no existen.

Crecí, ya sé.-