Anoche dí una fiesta en casa. Una fiesta que organicé a último momento, con algunos invitados, muchísimas bebidas, y música ecléctica. Fue una fiesta larga que no sabría decir si fue un éxito o una simple reunioncita. La realidad es que la hice, excusada en el cumpleaños de una amiga, pero con otro real motivo, aunque me cueste aceptarlo: demostrarme a mí, a todos, y en especial a él mismo, que puedo vivir sin Matías, y disfrutar.

Ciertamente pude disfrutar sin él. Me negué, al comienzo de la noche, a hablar casi de lo sucedido el último mes, pues estoy cansada que sea el protagonista de mi discurso, aunque hoy me sienta obligada a escribir nuevamente mencionándolo en cada letra y en cada lágrima. Sin embargo, no pude evitar la pregunta de todas -TODAS- mis amigas con las que no tengo un trato cotidiano. ¿Qué pasó al final con Matías?

Con Matías pasó qué, luego de la ruptura, nos seguimos viendo, gracias a mi impulso etílico que me llevó en variados transportes y en variadas oportunidades a su casa, a Makena, a su sala, o donde fuera que él estaba. Lo cierto es que sólo dos días después de haber terminado, estaba en su cama, para estarlo nuevamente al día siguiente, y dos días después  y al otro, y así.. Al comienzo él estaba alerta, asustado, y quizás hasta convencido de que no habría más nada. Pero poco a poco se fue relajando. Yo me relajé, también, y dejé de revolear platos, de reclamarle cosas que no le correspondían, de exigirle. Y por unas semanas estuvimos bien. Por un mes completo, el último mes. No quiero decir que no hayamos tenido diferencias de opiniones, de criterios, o de posturas. Los hemos tenido. Matias tuvo días de mierda. Y yo también, como hoy.

En fin. No quiero hablar más de él. Quiero hablar de mí. Quiero hablar de como, en tan solo una semana, me sorprendieron dos ataques de pánico muy fuertes, en la calle. Uno fue un lunes, caminando, a unas cuadras de mi casa, y el otro, el domingo siguiente -hoy- en Flores, en la calle, en la casa de una amiga, en la parada del colectivo, en el mismísimo colectivo, hasta mi casa en San Cristóbal, donde estoy ahora, con frío, en silencio, con olor a cigarrillo de la fiesta impregnado en todas partes y los muebles distribuidos como nunca antes, esperando cambiar energías y circulaciones de aire. Las dos veces que me ataqué lloré, y mucho. Lloré en espacios públicos frente a gente que podría haber pensado cualquier cosa. Lloré encerrada en mi casa hablándole a mi gato de cosas que no entendíamos ni él ni yo. Y llorando, ahora, decido que un mes sin escribir es demasiado para mí. Decido que estoy angustiada incluso detrás de una fiesta o de estados en Facebook que ni siquiera lo insinúan o de falsos mensajes  y discursos y sonrisas que regalo indiscriminadamente por la vida. Estoy angustiada, moqueando en una casa silenciosa que limpié con lavandina de manera obsesiva, como si quisiera limpiar otra cosa, algo más, que contamina y enferma y desmerece. Quizás esté lejos de la realidad, pero aún así no puedo evitar pensar que aquello que quiero quitar es al mismísimo Matías, porque desde la primera vez que nos rompimos el corazón o que descubrimos que no nos entendemos, ahí mismo, dejó de hacerme bien, para solo entristecerme y condicionarme y no poder disfrutar todo lo que tengo, todo lo que he logrado, que quizás no sea mucho, o no sea tanto, pero para mi lo es. Es mi mundito, Mi Reinado, como supe llamarlo, con banderines de colores y un sillón naranja que espera de brazos abiertos, y una bici que se contorsiona, y un imancito que compré en Madrid y unas mandarinas que compré a diez metros de casa y una guitarra que no se deja afinar por nadie y unas plantitas de calabaza que ayer me halagaron y todo aquello que me hace YO, aunque se me vayan los ojos para por momentos perderlo.  Y así le escribí, hace minutos, diciéndole que lo extrañaba, que estaba enojada con él y conmigo misma, para que me responda, simplemente, "yo también".

Quisiera tener la fortaleza, alguna vez, de retirarme a tiempo. Quizás esta sea la secuela de ser hija de una madre adicta al juego, que llegaba con miles y se iba con un peso para el colectivo. Quizás esté haciendo lo mismo pero en otro lugar, seguir apostando, por mucho más tiempo del que mi cuerpo pueda aguantar en una mesa que no paga, terca, ciega, compulsivamente, creyendo que en algún momento lo hará. Quizás sea momento de darme cuenta que Matias es una mesa que no paga, en la cual estoy poniendo todo lo que tengo, a riesgo de volver caminando, vacía, cansada, para llorar en la cama como hacía ella cuando perdía todo.

De repente, al darme cuenta de esto último, dejé de llorar, no pude seguir el hilo de lo que escribía, me sentí infinitamente cansada, Matías me preguntó si iba a hacer algo (¿con mi noche? ¿con mi vida? ¿con mis ataques de pánico? ¿con las tapas de empanada que tengo en el congelador?), y sentí la necesidad imperiosa de retirarme de esta mesa, de este teclado, de donde sea.


Me he quedado sin palabras. Hasta luego.-
"Nada me han enseñado los años, siempre caigo en los mismos errores.
otra vez a brindar con extraños y a llorar por los mismos dolores"




Es la séptima vez en el día que me largo a llorar. La primera fue la más terrible, porque fue al instante de despertarme, después de responder mails y mensajes laborales, me desplomé, sin siquiera haberme parado de la cama. Y lloré un rato acostada, lloré haciéndome el desayuno, y lloré luego comiendo una tostada, lavándome la cara, y un poco más. Decidí no beber esta noche, aunque sea no de manera inmediata, pues algunas veces ayuda, pero otras oscurece todo aún más.

Ayer terminamos con Matias, y hoy mi casa es un caos. Hay ceniza en el piso, botellas vacías, toallones y ropa tirados por todas partes. Yo parezco una media, tirada también, de a ratos en la cama destendida, de a ratos en la silla, el piso está frío y creo que por eso nomas, lo huyo. Zachín duerme, hace rato lo hacía en el gorro que Mati me devolvió al despedirnos: huele a su perfume de manera siniestra.

Sé que esta decisión tomada conscientemente por él, e inconscientemente por mí, ha sido la correcta. Le rompí el corazón. Lo supe, lo vi, y me lo ha dicho. Pensé, no pude evitarlo, en todos los corazones que rompí, pues quise amar pero no pude. Cosas, pasados, miradas, fueron más fuertes que mi deseo y mi entrega. Hoy lloro por él, por vos, Mati, pero también lloro por todos los otros: Diego, Pato, Nacho, Pablo. Gente que lastimé de diferentes formas y que lo han llevado por distintos caminos, gente que quise mucho pero que hice pagar injustamente los dolores generados por otro, más importante, el padre, el mío, que no supo serlo, como yo no supe ser para aquellos que han querido estar a mi lado.

Hoy quiero pedir perdón. A todos ellos y a todos los demás que no supe cuidar. Gente que está a mi lado en lo cotidiano y desde la distancia, en los abrazos o las palabras, en los retos y los mensajes, las experiencias compartidas y los minutos de escucha. Amores, amantes, amigos, hermanos, a mi madre, a mi gatito que duerme ahora en una silla heredada, que se ha incorporado al escucharme hipar y desgarrarme, que pronto se acercará -ya lo estoy viendo- para mirarme primero y abrazarme a su modo después.

Quiero pedirles de rodillas a todos, con nombre y apellido que me perdonen, que lo intenten al menos, aunque no entiendan, por las malas contestaciones, por los planes cancelados, por los gritos, los llantos, las cachetadas, los platos rotos, llamadas y piernas y manos cortadas, internaciones, parafraseos, negligencias, pasos en falso, reclamos, comparaciones. No me alcanzarían jamás las horas para nombrarlos a todos. Pero saben quienes son. Y quienes lo lean, entiendanme, que yo SÉ todo aquello en lo que estuve errada, aunque no lo haya admitido. Este es mi medio, hoy, y mi espacio. Perdón a todos. Y perdón, Mati, tesoro.

Una vez le dije a Matias que amar también era saber dejar ir. Prontito lo soltaré, su gorro perderá su olor, mi cuerpo su forma, mi recuerdo su voz y sus facciones, mi boca su sabor y mis manos el tacto de su espalda de contrabajo. Mientras tanto, lo lloraré. Se me irá, seguro, la muletilla de mirar por la ventana cada vez que oigo un taxi estacionar, esperando verlo, luminoso, bajarse para encontrarnos.

Seguiré llorando, pues, un poco más.-



Un mensaje

Hace días que estoy triste. Me encanta echarle la culpa a los cambios hormonales. Me libera un poco de la presión. Sin embargo, debo hacerme cargo de lo que realmente me aqueja. Pero estoy en problemas, cuando no sé que es eso que tanto me angustia.

Anoche exploté. Y como siempre cuando exploto, lastimo a los que tengo alrededor. Matias está acá, al ladito, es el primero en ser afectado. Luego siguen mis amigos y amigas, que Dios supo poner en mi camino. A veces les contesto mal, otras veces cancelo planes inesperadamente, las más los preocupo o interrumpo a mitad de la noche con historias a medio contar, descargues kilométricos, conjeturas, análisis rebuscados e idiotas. Y mi familia, que se preocupa y aparece apenas, para que yo me escape. Quizás porque es con ellos con quienes me quiebre finalmente que estoy escapándoles, porque la sociedad espera que una sea fuerte y esté de pie, y crezca en todo sentido y a cada momento, sea independiente y no necesite de nada ni de nadie.

Me apena mucho saber que no puedo dejarme querer. Me cuesta. No entiendo por qué, no sé qué habrá fallado en mi educación o en mi propio aprender. He gastado miles de pesos y de minutos tratando de entender y modificar ciertas conductas. Algunas lo he logrado, con mucho esfuerzo y muchísimo sufrimiento, propio y ajeno. Pero en otras, me siento tan desorientada como cuando comencé a cuestionarme qué me pasaba.

Se me revuelve el estómago. Me doy cuenta que estoy enroscada, enroscadísima, y ya no tiene que ver con el otro, con lo que me da o no. Tiene que ver conmigo. Me pregunto si realmente querré cambiar, o si me da tanto miedo lo desconocido que cuando estoy yendo hacia lo nuevo, lo sano, enseguida freno y salgo corriendo hacia el punto de partida.

Estoy parafraseando, como siempre. Sin decir nada.

Hace no mucho leí un cuento, el último de Abelardo Castillo. La que espera. Habla de una mujer que tiene un hermano, al que dan por muerto. Ella, durante años, sirve su mesa y tiende su cama y lava su ropa, porque sabía que estaba vivo. Finalmente, su hermano aparece, y ella lo mata, pues no pudo salir de su escencia de estar esperando, ahí cuando ya no había nada que esperar. Una vez muerto, siguió sirviendo su mesa, tendiendo su cama, lavando su ropa. Esperándolo. La lectura de este cuento me dejó shockeada, porque supe que era ella. Porque siempre espero algo (alguien) que cuando aparece destruyo para poder seguir esperándolo. Tengo intenciones de enmarcar ese cuento y colgarlo en mi casa. Pues soy yo, en otra historia y en otro tiempo.

La respuesta es que espero a alguien más que no es. Y dándome cuenta de esto, acabo de escribirle un mensaje a mi papá, quien desterré de mi vida desde mis dieciocho años. Y desde entonces, recuerdo su teléfono como si fuera mi nombre y apellido.

Necesito saber. Hay cosas que no sé, y que estoy segura que él si.


Acaba de responder.-

Buika

Matias dice que soy novelera. Se me ocurre pensar que quizás, incluso aquellos que leímos poco, disfrutamos tanto la poesía que no podemos vivir sin ella. Y cuando hablo de vivir, hablo de llevarla encima como modo de vida.

Hoy no siento nada. Nada particular. Un estado extraño que no sabría explicar. Producto de mi incipiente período, de las últimas noches con este muchacho (y días, a no olvidarlos!) que no han sido cien por ciento placenteros. Eso y mucho más me llevan a estar hoy, en casa, escuchando a Buika hace tres horas, a la luz de las velas, tomando vino, fumando, sola en San Cristobal, con la casa caliente, el cuerpo limpio y perfumado, en una cita eterna conmigo misma, con el cuarto coronado apenas por el andar de mi gato y el sonido intermitente de los vehículos en el pavimento de Avenida Independencia. Esta noche preparé una hermosa cena que solo disfruté con mi silencio interno. Ya no tengo dudas ni me pregunto nada. Zachín, mi gato, sale corriendo del baño y sube escandalosamente a mi sillón naranja, nuevo, perfecto. Le pregunto qué pasa y se calma un poco. El cigarrillo se consume de a poco hasta derretir el plástico del teclado sobre el cual lo he apoyado. Recibo por mail el escrito de un colega que de alguna forma misteriosa me respeta.

Quizás esta sensación sea, realmente, en sentirme sola de nuevo, más allá de que alguien esté por venir a casa, el mismo cuerpo que hace dos meses, el mismo ser que tiene mis llaves y un gorro. Me siento sola como aquella vez, hace meses, en la casa anterior, cuando entendí la soledad no como estado del alma ni como forma de vivir, sino como esencia propia de algunos que sabemos que así llegamos y así sabremos irnos.

Buika ha sido una excelente compañía para no esperar nada. Solo dejar pasar las horas y elegir quedarme en casa, con nada y sin ello.

Siento que la historia con Matias llegará a su fin incluso antes de haberla contado. Me escucho en mi discurso hablar de él y con él, y me exaspero. No quiero que nadie se robe mi hablar. No quiero que lo acaparen ni lo pueblen, pues yo soy tierra virgen que espera ser conquistada. Y aquí no hay conquista, queridos lectores. Sólo hay un mientras tanto, y una recaída en la hermosa poesía de una bella mujer que no puede ser amada más que por ella misma. Una mujer que escucha boleros deseando tequila, que respira el humo viciado en el aire del mismo cuarto donde se dejará poseer minutos luego, por un cuerpo, secundario. Que despertará al día siguiente para decir "buen día" con el mismo énfasis al cuerpo que la perforó y al verdulero de abajo de su casa. Una mujer que camine bajo el sol soportando piropos y guarangadas con el mismo rostro que comprará queso untable y leche en cartón barata.


La poesía, mis queridos.-

Post

Un error muy común está asociado con el "estar". La gente tiende a pensar (y me incluyo) que con enviar un mensaje vía celular o vía red social, se está presente. Las condolencias, el cumpleaños, el interés políticamente correcto por un examen, una entrevista laboral, un vínculo amoroso, la salud propia o de un familiar. Pequeñas palabras que no deberían decirse sin un abrazo de por medio, un mate caliente, una caminata extensa y cortísima. Aquellas cosas que nos ha facilitado la tecnología, que a su vez se han llevado la realidad.

A su vez, es común pensar que el "estar" es solamente físico. Olvidamos, muchas veces, que la tecnología no es nuestra cárcel, sino una mano amiga, que no envía mediante ningún emoticón una sonrisa luminosa, pero que reproduce a la perfección la voz, nos transporta a través del tiempo y las distancias, nos cierra el estómago.

Aquí elegimos, todos y cada uno de nosotros, si lo que tenemos, y aún lo que nos falta, nos acercará o nos alejará.

Acabo de decirle a Matias, mediante un mensaje de texto, que finalmente se convirtió en aquello a lo que venía huyéndole: un mero cuerpo en mi cama. Un cuerpo conocido y repetido, como supe decirle. Un cuerpo que sabe qué me gusta pero ignora lo demás. Matias es, lamentablemente, muy relajado. Matias puede irse y conectarse a un nivel envidiable y detestable a su vez, con todo lo demás, olvidándome por completo. Haciéndomelo sentir, al menos. Matias no llama ni escribe, no envía fotos de su perra ni cuenta donde está. No comparte las cosas que hace, no trasmite si me quiere o me desea. Nunca está primero, pero allí está puesto. Supo decirme, hace unos días, que no dejo lugar a las sorpresas. Que en principio escribo, digo cuánto lo quiero, invito. No voy a negarlo, está absolutamente en lo cierto. Matias me genera, como pocos, y como todos, un nivel de ansiedad y malhumor que en principio sólo sentía en su falta, para luego sentirlo incluso, me animo a decir, cuando lo tengo dentro mío. Sé que no es su culpa, o al menos no por completo.  Pero no puedo evitar caer en esa calesita donde el punto de referencia desaparece por completo de mi ángulo de visión, temiendo su desaparición completa, para apenas una vuelta luego encontrarlo de nuevo, hasta lograr confiarme de su pronta aparición, incluso cuando yo no lo veo. Lo que sucede con las relaciones es lo mismo que con los carruseles: frena. Y donde frena, a veces está el otro, felicitándonos por la sortija, y otras, no hay nadie. Quizás mi error fue subirme a la calesita hasta los diez años, y tomar esta recreación como una modalidad de vida y de relación con el otro.

Luego de escribirle a Matias, quité la batería del celular, y pensé en llamarlo. Luego pensé en escuchar una canción, que repetí hasta el cansancio, con un ron puro en un vaso de whisky, con las primeras frases de este escrito resonando en mis sienes, y los dedos temblorosos y desesperados. Y un cigarrillo, claro.

Creo que Matias no me hace bien. Exijo algo que no tiene, y el espera algo que no puedo. En un afán por complacer al otro, estamos dejando de ser, en lugar de dejarnos ser.

Sé que pronto vendrá la despedida. Vendrá con un pañuelo y un gorro tejido que le presté, las llaves de casa, y un abrazo con llanto. Y se irá, mientras mire por la ventana su sonrisa tímida de labios apretados, intentando encontrarme a través de los vidrios espejados de mi hogar, en San Cristóbal, en una noche fría y con niebla, en mi ciudad adorada donde el no nació, mientras miro por debajo de la puerta la rendija de luz, esperando oír sus botas entre estos eternos acordes de cuerdas, ver su sombra, pero no, la luz se apaga, el vaso se vacía, la hoja se termina.


Y como en todo carrusel -calesita- la vuelta comienza de nuevo, justito donde terminó.-
Han pasado ocho días de esa carta. Matías vino, al otro día, con un vino en una mano, y una cerveza fría en la otra. Yo tenía un pollo al horno, y un manojo de nervios que intenté, en vano, disimular guardando cubiertos y hablando de irrelevantes sucesos de ese día. Sé que he perdido el don de contar linealmente las historias. Quizás mi nuevo don sea contarlas desde la no-linealidad. En fin. Vino la noche siguiente, cenamos, hablamos, fumamos, jugamos cartas, tuvimos sexo, bebimos ron, lloramos juntos y separados. Fueron nueve horas de sólo ser, en los treinta y seis metros cuadrados de mi departamento, con olor a jazz y ceniza en el piso. Después de ese día, de esa noche, dormimos casi todas las noches juntos. Mejor aún, despertamos todas las mañanas -los mediodías- juntos. Supo confesarme que vendría, ese lunes, a dar cierre a la historia, esa que aún no les he contado. Supo confesarme a su vez que se dio cuenta que vendría para quedarse, cuando se encontró a sí mismo eligiendo un vino. Eligiendo compartir.

No es eso lo que vengo a contar. Lo que vengo a contarles, mis queridos lectores, es otra cosa. Es algo que no sabría precisar cuándo sucedió. Sólo sé que era de día, que estaba a las corridas armando la cartera, buscando ropa para ir a trabajar, apagando luces y cerrando canillas. Y cuando tomé dinero -que pego vistosamente en la heladera, con un imán francés que, alguna parisina me regaló hace no mucho en Capilla del Monte- que sucedió.: cayó una foto de mi heladera. La tomé y se la dí. "Ésta soy yo", le dije. En la foto, que ahora escondo bajo un libro, y me paro, y la vuelvo a pegar, en este mismo instante, en esa misma heladera, hay un bebé de ojos de botón, besando a una madre de casi cuarenta años, sonriente. Sonrientes las dos. Matías la miró un largo rato, quizás demasiado extenso para una foto familiar, y me la devolvió, con los ojos en risas, sin decir absolutamente nada. Todo continuó.

Fue recién, escuchando a Aristimuño, tomando un vino de veintiséis pesos, lavando tazas y vasos, que la recordé. Pensé qué habría visto este chico, este desconocido e íntimo ser que supo convertirse, en sólo unas semanas, en un buen compañero. UNA NIÑA SONRIENDO. Un beso. Un instante en el génesis de una mujer. Y lavando los últimos cubiertos, pensé, quizás, cómo la vida, el cosmos, el Universo, nos trae al mundo, a la Tierra, la nuestra, y nos deposita de manera aleatoria en un seno familiar, en una cultura, en un tiempo, en un barrio, en una casa, en una realidad social, en un subte, en una cuadra oscura, en un escritorio, en un abrazo, en un cuerpo desnudo, en una cama, en unos acordes, en un grito desgarrador, en una bicicleta, en un atado de cigarrillos, en un cuarto en penumbras, en una copa de vino, en una hoja en blanco, en una historia que son tantas. Pensé, pues, como todo eso y mucho más, nos forma, de la manera que se puede, así como el destino, los astros, el orden universal, disponga. Me pregunto qué tendré que ver con esa niñita, ya de cabellos cortos, con los ojos vidriosos y la sonrisa amplia, al dar un beso. Me pregunto si será eso lo que esta persona, de ojos del tiempo y cicatrices abdominales, de modos felinos y ademanes ambiguos, habrá visto en mí.  No niña ya, sino mujer, sonriente, con ojos vidriosos, besarlo en la mejilla, con el alma completa, con miedos eternos, con las armaduras rendidas y el alma entregada. Pienso, quizás, que vio eso, el minuto entero que observó esa fotografía. Que esa niña era ESTA mujer que se muestra, hoy, solamente, a él mismo.

Ayer le di, a Matias, una llave de mi casa. No las dos: una sola. La primera. Excusada en una facilidad, y amparada por un simbolismo.

Te abro, con dificultad pero, por desición propia, una puerta que no es solamente la de mi casa. Es otra, mística, imperfecta, a medias y completa a su vez. Es la puerta de una historia que, Dios mediante, nos sepa hacer vivir para, con ella, poder crecer.


Buenas noches a todos. Seguiré, con Aristimuño y un malbec, nocturna y expectante, en este barrio hermoso que me sabe alojar.-
Comenzaré esta historia con una carta que ha sido, con un nombre real, con una intriga que develaré pronto, prontísimo.


"Escuchando Héroes del Silencio me decido a escribirte. Con algo de dolor, sí, y con la leve sospecha que, quizás, si me atrevo, y sólo si me atrevo, en un intento de autopreservarme, te borre de todo medio, y haga un corto pero interesante duelo, que me abra a plantearme cosas que aún no he tenido el coraje de siquiera vislumbrar.

Disfruté todo minuto con vos. Desde el conocerte hasta el olvidarte, desde reencontrarte hasta sentirte dentro, desde desear tomar mate a la mañana hasta hablarte en mi entorno, desde hace unos dos meses hasta el minuto mismo en el que leas esto, si es que me atrevo a enviártelo, si es que no lloro esta noche, si es que nunca más nos vemos, aunque tengas unas prendas que quisiera recuperar y aún espere una bandeja para desayunar en la cama. Sin embargo, hoy te pasó algo que noté insantaneamente. Ahora, me pasan otras cosas a mi, que no quisiera que estén acá, pero lo estan, y en mi afán de ser fiel a todo y a todos, pero principalmente a mí misma, no puedo ignorar. Una vez, una persona que conocí, me dijo "dejá de avivar giles". Deseo, irónica y ambíguamente, no estar avivándote con esto. En fín.

Hoy trajiste a mi cama un estado, tuyo, del cual no me hago cargo. Pero con él, trajiste a mi cama a una persona que no conozco, pero que estuvo en mi cabeza todo el día, mas que vos, mas que yo misma, más que mi trabajo, mi casa, mi bicicleta o mi gato. Incluso, parado en esa esquina de Alberti, donde encajabas de manera casi perfecta, como en mi cuerpo, esa persona estaba ahí. Esa persona y esa historia que es la tuya y la ajena, que no es mía pero me inquieta. Esa sensación de no ser pero leer. De quedar encerrada en el cuarto con quién me lastima, queriendo escaparme de aquello que pensé podía dañarme. Aprecio tu intención de hacerme partícipe, pero no lo agradezco. Yo NO soy tu amiga. Tu discurso no me hizo bien, no me hizo parte, no me hizo entender ni me calmó en nada. Matias, yo no quiero vivir acarreando fantasmas ajenos. Yo quiero construir, cada día más siento que lo que construya será en función a mí y no en función a otro. Quizás no pueda siquiera compartirlo, nunca, con nadie, y solo construya una casa con un cuarto. Una casa para mí sola.

No sé bien que quiero decirte. Solo comparto. Solo te hago caso con aquello que me pediste, que no te mienta. No te preocupes, no sería capaz, de mentirte a vos ni mucho menos a mí.

Matias.  Vos me gustás. No de la misma forma que el día que te vi por primera vez, sino de esa y de muchas más. Pero más me quiero a mi misma, y debo cuidarme, porque soy yo quien estará siempre a mi lado. Lamento mucho estar diciéndote esto. Lamentaré borrarte y no barajar más el impulso de escribirte o no hacerlo. No quiero vivir con miedo. No quiero vivir pérdidas que son evitables. No quiero llorar más, no quiero ponerme de mal humor ni dudar ni temer ni pensar ni esperar. No puedo ni quiero. Perdoname. Sos una persona maravillosa. Al menos lo parecés. Quisiera haber podido descansar un poco más a tu lado. Quisiera vivir en la ignorancia. Quisiera que hubieses elegido no hacerme partícipe de ciertos aspectos de tu historia. Quisiera que duermas todas las noches conmigo. Quisiera tantas cosas. Pero con querer no alcanza. No alcanza con querer como "amar", ni con querer como "desear". Parte del querer es saber dejar ir. Vos, evidentemente, no pudiste, y lo entiendo, o al menos eso trato. Son muchos años, la mitad de la vida, miles de momentos y de encuentros y desencuentros. Me siento mínima e insignificante al lado de semejante magnitud. No quiero sentirme así. A veces me haces sentir grandiosa, pero otras, no. No tengo ningún indicio de poder ganar acá. Una leve esperanza, sí, de que no me hagas caso, de que me busques, de que me encuentres, y que te quedes. Esas cosas son fantasiosas. La vida es más cruda y menos guionada.

Lo último, y con esto me retiro. Estoy llorando. Tímidamente, pero lloro. No cualquiera tiene la capacidad de producirle al otro, en tan poco tiempo, algo tan fuerte como lo que me pasa con vos. Sentite orgulloso. NO ES LA PIJA, queda claro. Es otra cosa. Es la esencia. Ya me estoy yendo, pero sigo acá.

Gracias por todo, Mati.


Zahi.-"