Me pregunto por qué será que a veces las despedidas son más intensas que algunos encuentros. Más sinceras, más cariñosas, mas enteras. Las despedidas muchas veces son fugaces, otras son largas y emotivas. Algunas sabemos, al momento de vivirlas, que son eso mismo, y otras, pasan desapercibidas, disimuladas en la rutina, en adioses iguales a todos los anteriores y todos los siguientes, descubriendo minutos después, o una vida entera más tarde, que han sido únicos. Las despedidas pueden ser olvidadas o recordadas, pueden ser esperadas o sorpresivas, pueden ser en el momento justo o justo en el momento que no debían ser. Despedimos gente querida con una sonrisa entre los dientes, con un abrazo electrizante, con lágrimas acongojantes e incluso con una indiferencia que asusta. Chau, adiós, hasta luego, que estés bien, que tengas suerte, no me llames más, nos vemos, llamame, hablamos, infinidad de formas, de matices, de cargas. Quizás las despedidas sólo hagan honor a su nombre. Son des-pedidas. No-pedidas. Pocas veces se desean, siempre se viven con algo de nostalgia, sabiendo que al momento que las andamos algo que es parte nuestro se desprende, por un rato o para siempre.

Hoy ha sido un día de despedidas. Despedidas vividas desde mi carne, y otras, como espectador. En el día de hoy nos despedimos, con Matias. Nos despedimos diciendonos las cosas más hermosas que, puedo aventurar, sentimos en estos escasos cuatro meses que nos encontramos. Nos despedimos con lágrimas en los ojos, pero sonriendo, como estoy haciendo ahora, mientras escucho la música que aleatoriamente elige regalarme el aire. Nos despedimos en su casa nueva, hermosa como él, y tan ajena. Una casa que lo representa, finalmente, que logró con tanto esfuerzo, y en donde no pertenezco, y nunca lo haré. Elegimos, los dos, que comparta conmigo ese logro, elegí ponerme feliz por esa noche donde estrenó su cama conmigo, en la que dejé mi escencia, elegimos poblar el aire de su mundo con mis gemidos de placer, y de dolor, sus ronquidos enterrado en mi pecho, algunas sonrisas hundidos en la mirada del otro. Hablamos, mucho, reclamándonos cosas pasadas, pero mucho más aún reconociendo en el otro los esfuerzos y la entrega. Y me fui, de cara al sol, sonriente, como él me pidió, como mi último regalo a esa persona que supo enseñarme cosas que otros no supieron. A esa persona que me dijo, vestido de los mismos colores que yo, cuán increíble y fuerte soy. Esa persona que le pedí que se haga valer, en adelante, que no se deje pisotear, y que aprenda a disfrutar todo lo que tiene, pues lo tiene, hacia afuera y hacia adentro.

Esta misma tarde, en mi empresa, desvincularon a mucha, muchísima gente. Gente que no soy yo, pero que me hizo parte. Gente que aprendió conmigo, gente con quien compartí mis penas de amor y mis noches de exceso. Gente que me enseñó mucho de lo que aprendí ahí dentro, gente que me aconsejó, gente que alguna vez me calló la boca, gente que todos los días supo saludarme con una sonrisa, gente con familias enteras a quien sostener. Gente. Hoy lloré mucho, y vi muchas lagrimas correr fuera, en otras caras, en otros abrazos, en otras almas.

Matias me dijo, hoy, que estaba orgulloso de tener lo que tenía, porque siempre lo había soñado, porque venía de una familia pobre, y hoy, podía tener su casa con todo aquello que quería, con  su amor puesto en cada detalle, en cada libro, en cada puerta, en cada instrumento. Yo le dije que mi familia no había sido pobre, ni rica. Mi familia siempre fue una familia de mujeres fuertes. De mujeres que han despedido hermanos, hijos, amores, hogares, trabajos, mascotas, amigos, padres. Pero mujeres fuertes, que siempre se han sabido levantar, con una sonrisa y los ojos llenos de lágrimas, como ahora mismo, que escucho una canción desconocida que sólo dice "Yo Creo". Una familia de mujeres que saben crear y saben tener fe. Mujeres que creen, y crean. Mi orgullo está en haber nacido en esta familia, y haber aprendido qué, pese a mis defectos, pese a mis pisadas falsas, a mis miserias, siempre pude levantarme.

Ayer me caí de la bicicleta. Me doblé el pie y me lastimé muchísimo la rodilla. Pero me levanté, me sonreí, y seguí andando, como en cada caída. Hoy mi bici se rompió en plena andanza, pero no caí, solo me detuve un segundo. Quizas la vida sea así. Caernos y levantarnos, o quizás solo detenernos. En ambos casos, seguir hacia adelante. Seguir despidiendo hasta que un día nos despidan a nosotros, para siempre.

Ayer brindé, con gente querida, por las caídas y todas las veces que nos hemos sabido levantar. Hoy sonreiré a ello, y a las despedidas, pues sólo desprendiéndose, se puede ir más ligero.


Quizás, despidiéndonos, levantarse nos sea más sencillo.-
En nueve días se vence mi contrato de alquiler. Nueve días para cumplir cinco meses de vivir en esta casa. Cinco meses, pues por un error de tipeo, septiembre fue agosto, como cuando al comprar media docena de huevos uno viene roto y pegoteado al cartón. Cuando entré a este espacio, sabía que sería clave: aquí me encontraría, me descubriría, en la soledad, en el no condicionamiento ajeno, en el tiempo que se sucede a mi merced. El primer mes lo fue. Recuerdo las noches que pasé, sin luz y sin gas, pintando las rojas paredes de un blanco imperfecto, comiendo ensaladas y atún en lata a falta de fuego y ollas, durmiendo incluso en el piso, entre frazadas salpicadas de pintura y almohadones traídos en una bolsa, en mi bicicleta. La casa estaba limpia para mí. No tenía historias contadas, ni olores impregnados, ningún rincón me recordaba a nada y en cada uno de ellos podía desplegar mi imaginación y mi esencia de la manera que quisiera, con aromas avainillados y pequeñas plantas que supieron crecer, mirando mi calle a través de una ventana fantástica. Poco a poco fui poblando esos mundos dentro de mi sistema. Yo, como un sol, nutría y creaba vida en una cortina de baño, un tacho de basura naranja, un placard armado con paciencia y tiempo, un gato que había dejado esperándome dos años atrás. Y así estaba, conociéndome, conociéndonos con este sitio, con este barrio, con nuevas maneras, que eran las aprendidas, apropiadas, modificadas, adaptadas. Pero algo pasó.

Un día me encontré yéndome mucho del lugar que soñé. Yéndome físicamente, pero no siempre. Estando con el cuerpo pero no con el alma ni con la mente. De un momento a otro, mi deseo ya no estaba en buscar dentro de casa, sino en esperar en el afuera, en El Otro. Un Otro que tomó nombre, uno conocido por todos, que hoy no mencionaré. El único que tuvo nombre en este espacio que es mío también, la escritura. Uno que tuvo apodo para luego cobrar identidad, e ir ocupando de a poco, o de repente, espacios donde la única con identidad y nombre era yo misma. Tanto fue creciendo, que yo, de a poco, me fui perdiendo. Y me encontré, de repente, casi cinco meses después, dejando mi deseo de lado, o aún peor, no sabiendo que deseaba.

Es muy difícil el momento en el cual descubrimos que no sabemos quiénes somos, incluso estando en donde pensamos que nos encontraríamos, inclusive teniendo todo aquello que fuimos logrando, los éxitos y las miserias, en el afán de descubrirnos y amarnos y alcanzarnos plenos. Es muy difícil, cierto, pero también es muy revelador. Porque en el momento donde nos damos cuenta que dormimos con un extraño quizás la respuesta sea comenzar a conocerlo para que deje de ser desconocido. La respuesta más simple siempre es la correcta, me dijo ayer un amigo que me regaló el Universo, un amigo que gané y que conservo aún.

Quizás sea tiempo de dejar de ganar y acumular, y comenzar a conocer eso que hemos ido acumulando en los años que nos tocó vivir. Al menos lo es para mí. Hoy decido, empezar a conocerme, para no seguir durmiendo con un extraño, sino conmigo misma, que tanto he ido mutando, esperando conocerme y sorprenderme.

Un día, despertaré plena, abrazada a mi Sol, rodeada de mis mundos en mi propio sistema. Ese día, quizás decida que mi estrella se fusione con otra, para ser más fuertes y luminosos. O tal vez no.


Lo decidiré, pues, a medida que vaya recorriendo mi propio camino.-

Anoche dí una fiesta en casa. Una fiesta que organicé a último momento, con algunos invitados, muchísimas bebidas, y música ecléctica. Fue una fiesta larga que no sabría decir si fue un éxito o una simple reunioncita. La realidad es que la hice, excusada en el cumpleaños de una amiga, pero con otro real motivo, aunque me cueste aceptarlo: demostrarme a mí, a todos, y en especial a él mismo, que puedo vivir sin Matías, y disfrutar.

Ciertamente pude disfrutar sin él. Me negué, al comienzo de la noche, a hablar casi de lo sucedido el último mes, pues estoy cansada que sea el protagonista de mi discurso, aunque hoy me sienta obligada a escribir nuevamente mencionándolo en cada letra y en cada lágrima. Sin embargo, no pude evitar la pregunta de todas -TODAS- mis amigas con las que no tengo un trato cotidiano. ¿Qué pasó al final con Matías?

Con Matías pasó qué, luego de la ruptura, nos seguimos viendo, gracias a mi impulso etílico que me llevó en variados transportes y en variadas oportunidades a su casa, a Makena, a su sala, o donde fuera que él estaba. Lo cierto es que sólo dos días después de haber terminado, estaba en su cama, para estarlo nuevamente al día siguiente, y dos días después  y al otro, y así.. Al comienzo él estaba alerta, asustado, y quizás hasta convencido de que no habría más nada. Pero poco a poco se fue relajando. Yo me relajé, también, y dejé de revolear platos, de reclamarle cosas que no le correspondían, de exigirle. Y por unas semanas estuvimos bien. Por un mes completo, el último mes. No quiero decir que no hayamos tenido diferencias de opiniones, de criterios, o de posturas. Los hemos tenido. Matias tuvo días de mierda. Y yo también, como hoy.

En fin. No quiero hablar más de él. Quiero hablar de mí. Quiero hablar de como, en tan solo una semana, me sorprendieron dos ataques de pánico muy fuertes, en la calle. Uno fue un lunes, caminando, a unas cuadras de mi casa, y el otro, el domingo siguiente -hoy- en Flores, en la calle, en la casa de una amiga, en la parada del colectivo, en el mismísimo colectivo, hasta mi casa en San Cristóbal, donde estoy ahora, con frío, en silencio, con olor a cigarrillo de la fiesta impregnado en todas partes y los muebles distribuidos como nunca antes, esperando cambiar energías y circulaciones de aire. Las dos veces que me ataqué lloré, y mucho. Lloré en espacios públicos frente a gente que podría haber pensado cualquier cosa. Lloré encerrada en mi casa hablándole a mi gato de cosas que no entendíamos ni él ni yo. Y llorando, ahora, decido que un mes sin escribir es demasiado para mí. Decido que estoy angustiada incluso detrás de una fiesta o de estados en Facebook que ni siquiera lo insinúan o de falsos mensajes  y discursos y sonrisas que regalo indiscriminadamente por la vida. Estoy angustiada, moqueando en una casa silenciosa que limpié con lavandina de manera obsesiva, como si quisiera limpiar otra cosa, algo más, que contamina y enferma y desmerece. Quizás esté lejos de la realidad, pero aún así no puedo evitar pensar que aquello que quiero quitar es al mismísimo Matías, porque desde la primera vez que nos rompimos el corazón o que descubrimos que no nos entendemos, ahí mismo, dejó de hacerme bien, para solo entristecerme y condicionarme y no poder disfrutar todo lo que tengo, todo lo que he logrado, que quizás no sea mucho, o no sea tanto, pero para mi lo es. Es mi mundito, Mi Reinado, como supe llamarlo, con banderines de colores y un sillón naranja que espera de brazos abiertos, y una bici que se contorsiona, y un imancito que compré en Madrid y unas mandarinas que compré a diez metros de casa y una guitarra que no se deja afinar por nadie y unas plantitas de calabaza que ayer me halagaron y todo aquello que me hace YO, aunque se me vayan los ojos para por momentos perderlo.  Y así le escribí, hace minutos, diciéndole que lo extrañaba, que estaba enojada con él y conmigo misma, para que me responda, simplemente, "yo también".

Quisiera tener la fortaleza, alguna vez, de retirarme a tiempo. Quizás esta sea la secuela de ser hija de una madre adicta al juego, que llegaba con miles y se iba con un peso para el colectivo. Quizás esté haciendo lo mismo pero en otro lugar, seguir apostando, por mucho más tiempo del que mi cuerpo pueda aguantar en una mesa que no paga, terca, ciega, compulsivamente, creyendo que en algún momento lo hará. Quizás sea momento de darme cuenta que Matias es una mesa que no paga, en la cual estoy poniendo todo lo que tengo, a riesgo de volver caminando, vacía, cansada, para llorar en la cama como hacía ella cuando perdía todo.

De repente, al darme cuenta de esto último, dejé de llorar, no pude seguir el hilo de lo que escribía, me sentí infinitamente cansada, Matías me preguntó si iba a hacer algo (¿con mi noche? ¿con mi vida? ¿con mis ataques de pánico? ¿con las tapas de empanada que tengo en el congelador?), y sentí la necesidad imperiosa de retirarme de esta mesa, de este teclado, de donde sea.


Me he quedado sin palabras. Hasta luego.-
"Nada me han enseñado los años, siempre caigo en los mismos errores.
otra vez a brindar con extraños y a llorar por los mismos dolores"




Es la séptima vez en el día que me largo a llorar. La primera fue la más terrible, porque fue al instante de despertarme, después de responder mails y mensajes laborales, me desplomé, sin siquiera haberme parado de la cama. Y lloré un rato acostada, lloré haciéndome el desayuno, y lloré luego comiendo una tostada, lavándome la cara, y un poco más. Decidí no beber esta noche, aunque sea no de manera inmediata, pues algunas veces ayuda, pero otras oscurece todo aún más.

Ayer terminamos con Matias, y hoy mi casa es un caos. Hay ceniza en el piso, botellas vacías, toallones y ropa tirados por todas partes. Yo parezco una media, tirada también, de a ratos en la cama destendida, de a ratos en la silla, el piso está frío y creo que por eso nomas, lo huyo. Zachín duerme, hace rato lo hacía en el gorro que Mati me devolvió al despedirnos: huele a su perfume de manera siniestra.

Sé que esta decisión tomada conscientemente por él, e inconscientemente por mí, ha sido la correcta. Le rompí el corazón. Lo supe, lo vi, y me lo ha dicho. Pensé, no pude evitarlo, en todos los corazones que rompí, pues quise amar pero no pude. Cosas, pasados, miradas, fueron más fuertes que mi deseo y mi entrega. Hoy lloro por él, por vos, Mati, pero también lloro por todos los otros: Diego, Pato, Nacho, Pablo. Gente que lastimé de diferentes formas y que lo han llevado por distintos caminos, gente que quise mucho pero que hice pagar injustamente los dolores generados por otro, más importante, el padre, el mío, que no supo serlo, como yo no supe ser para aquellos que han querido estar a mi lado.

Hoy quiero pedir perdón. A todos ellos y a todos los demás que no supe cuidar. Gente que está a mi lado en lo cotidiano y desde la distancia, en los abrazos o las palabras, en los retos y los mensajes, las experiencias compartidas y los minutos de escucha. Amores, amantes, amigos, hermanos, a mi madre, a mi gatito que duerme ahora en una silla heredada, que se ha incorporado al escucharme hipar y desgarrarme, que pronto se acercará -ya lo estoy viendo- para mirarme primero y abrazarme a su modo después.

Quiero pedirles de rodillas a todos, con nombre y apellido que me perdonen, que lo intenten al menos, aunque no entiendan, por las malas contestaciones, por los planes cancelados, por los gritos, los llantos, las cachetadas, los platos rotos, llamadas y piernas y manos cortadas, internaciones, parafraseos, negligencias, pasos en falso, reclamos, comparaciones. No me alcanzarían jamás las horas para nombrarlos a todos. Pero saben quienes son. Y quienes lo lean, entiendanme, que yo SÉ todo aquello en lo que estuve errada, aunque no lo haya admitido. Este es mi medio, hoy, y mi espacio. Perdón a todos. Y perdón, Mati, tesoro.

Una vez le dije a Matias que amar también era saber dejar ir. Prontito lo soltaré, su gorro perderá su olor, mi cuerpo su forma, mi recuerdo su voz y sus facciones, mi boca su sabor y mis manos el tacto de su espalda de contrabajo. Mientras tanto, lo lloraré. Se me irá, seguro, la muletilla de mirar por la ventana cada vez que oigo un taxi estacionar, esperando verlo, luminoso, bajarse para encontrarnos.

Seguiré llorando, pues, un poco más.-



Un mensaje

Hace días que estoy triste. Me encanta echarle la culpa a los cambios hormonales. Me libera un poco de la presión. Sin embargo, debo hacerme cargo de lo que realmente me aqueja. Pero estoy en problemas, cuando no sé que es eso que tanto me angustia.

Anoche exploté. Y como siempre cuando exploto, lastimo a los que tengo alrededor. Matias está acá, al ladito, es el primero en ser afectado. Luego siguen mis amigos y amigas, que Dios supo poner en mi camino. A veces les contesto mal, otras veces cancelo planes inesperadamente, las más los preocupo o interrumpo a mitad de la noche con historias a medio contar, descargues kilométricos, conjeturas, análisis rebuscados e idiotas. Y mi familia, que se preocupa y aparece apenas, para que yo me escape. Quizás porque es con ellos con quienes me quiebre finalmente que estoy escapándoles, porque la sociedad espera que una sea fuerte y esté de pie, y crezca en todo sentido y a cada momento, sea independiente y no necesite de nada ni de nadie.

Me apena mucho saber que no puedo dejarme querer. Me cuesta. No entiendo por qué, no sé qué habrá fallado en mi educación o en mi propio aprender. He gastado miles de pesos y de minutos tratando de entender y modificar ciertas conductas. Algunas lo he logrado, con mucho esfuerzo y muchísimo sufrimiento, propio y ajeno. Pero en otras, me siento tan desorientada como cuando comencé a cuestionarme qué me pasaba.

Se me revuelve el estómago. Me doy cuenta que estoy enroscada, enroscadísima, y ya no tiene que ver con el otro, con lo que me da o no. Tiene que ver conmigo. Me pregunto si realmente querré cambiar, o si me da tanto miedo lo desconocido que cuando estoy yendo hacia lo nuevo, lo sano, enseguida freno y salgo corriendo hacia el punto de partida.

Estoy parafraseando, como siempre. Sin decir nada.

Hace no mucho leí un cuento, el último de Abelardo Castillo. La que espera. Habla de una mujer que tiene un hermano, al que dan por muerto. Ella, durante años, sirve su mesa y tiende su cama y lava su ropa, porque sabía que estaba vivo. Finalmente, su hermano aparece, y ella lo mata, pues no pudo salir de su escencia de estar esperando, ahí cuando ya no había nada que esperar. Una vez muerto, siguió sirviendo su mesa, tendiendo su cama, lavando su ropa. Esperándolo. La lectura de este cuento me dejó shockeada, porque supe que era ella. Porque siempre espero algo (alguien) que cuando aparece destruyo para poder seguir esperándolo. Tengo intenciones de enmarcar ese cuento y colgarlo en mi casa. Pues soy yo, en otra historia y en otro tiempo.

La respuesta es que espero a alguien más que no es. Y dándome cuenta de esto, acabo de escribirle un mensaje a mi papá, quien desterré de mi vida desde mis dieciocho años. Y desde entonces, recuerdo su teléfono como si fuera mi nombre y apellido.

Necesito saber. Hay cosas que no sé, y que estoy segura que él si.


Acaba de responder.-

Buika

Matias dice que soy novelera. Se me ocurre pensar que quizás, incluso aquellos que leímos poco, disfrutamos tanto la poesía que no podemos vivir sin ella. Y cuando hablo de vivir, hablo de llevarla encima como modo de vida.

Hoy no siento nada. Nada particular. Un estado extraño que no sabría explicar. Producto de mi incipiente período, de las últimas noches con este muchacho (y días, a no olvidarlos!) que no han sido cien por ciento placenteros. Eso y mucho más me llevan a estar hoy, en casa, escuchando a Buika hace tres horas, a la luz de las velas, tomando vino, fumando, sola en San Cristobal, con la casa caliente, el cuerpo limpio y perfumado, en una cita eterna conmigo misma, con el cuarto coronado apenas por el andar de mi gato y el sonido intermitente de los vehículos en el pavimento de Avenida Independencia. Esta noche preparé una hermosa cena que solo disfruté con mi silencio interno. Ya no tengo dudas ni me pregunto nada. Zachín, mi gato, sale corriendo del baño y sube escandalosamente a mi sillón naranja, nuevo, perfecto. Le pregunto qué pasa y se calma un poco. El cigarrillo se consume de a poco hasta derretir el plástico del teclado sobre el cual lo he apoyado. Recibo por mail el escrito de un colega que de alguna forma misteriosa me respeta.

Quizás esta sensación sea, realmente, en sentirme sola de nuevo, más allá de que alguien esté por venir a casa, el mismo cuerpo que hace dos meses, el mismo ser que tiene mis llaves y un gorro. Me siento sola como aquella vez, hace meses, en la casa anterior, cuando entendí la soledad no como estado del alma ni como forma de vivir, sino como esencia propia de algunos que sabemos que así llegamos y así sabremos irnos.

Buika ha sido una excelente compañía para no esperar nada. Solo dejar pasar las horas y elegir quedarme en casa, con nada y sin ello.

Siento que la historia con Matias llegará a su fin incluso antes de haberla contado. Me escucho en mi discurso hablar de él y con él, y me exaspero. No quiero que nadie se robe mi hablar. No quiero que lo acaparen ni lo pueblen, pues yo soy tierra virgen que espera ser conquistada. Y aquí no hay conquista, queridos lectores. Sólo hay un mientras tanto, y una recaída en la hermosa poesía de una bella mujer que no puede ser amada más que por ella misma. Una mujer que escucha boleros deseando tequila, que respira el humo viciado en el aire del mismo cuarto donde se dejará poseer minutos luego, por un cuerpo, secundario. Que despertará al día siguiente para decir "buen día" con el mismo énfasis al cuerpo que la perforó y al verdulero de abajo de su casa. Una mujer que camine bajo el sol soportando piropos y guarangadas con el mismo rostro que comprará queso untable y leche en cartón barata.


La poesía, mis queridos.-

Post

Un error muy común está asociado con el "estar". La gente tiende a pensar (y me incluyo) que con enviar un mensaje vía celular o vía red social, se está presente. Las condolencias, el cumpleaños, el interés políticamente correcto por un examen, una entrevista laboral, un vínculo amoroso, la salud propia o de un familiar. Pequeñas palabras que no deberían decirse sin un abrazo de por medio, un mate caliente, una caminata extensa y cortísima. Aquellas cosas que nos ha facilitado la tecnología, que a su vez se han llevado la realidad.

A su vez, es común pensar que el "estar" es solamente físico. Olvidamos, muchas veces, que la tecnología no es nuestra cárcel, sino una mano amiga, que no envía mediante ningún emoticón una sonrisa luminosa, pero que reproduce a la perfección la voz, nos transporta a través del tiempo y las distancias, nos cierra el estómago.

Aquí elegimos, todos y cada uno de nosotros, si lo que tenemos, y aún lo que nos falta, nos acercará o nos alejará.

Acabo de decirle a Matias, mediante un mensaje de texto, que finalmente se convirtió en aquello a lo que venía huyéndole: un mero cuerpo en mi cama. Un cuerpo conocido y repetido, como supe decirle. Un cuerpo que sabe qué me gusta pero ignora lo demás. Matias es, lamentablemente, muy relajado. Matias puede irse y conectarse a un nivel envidiable y detestable a su vez, con todo lo demás, olvidándome por completo. Haciéndomelo sentir, al menos. Matias no llama ni escribe, no envía fotos de su perra ni cuenta donde está. No comparte las cosas que hace, no trasmite si me quiere o me desea. Nunca está primero, pero allí está puesto. Supo decirme, hace unos días, que no dejo lugar a las sorpresas. Que en principio escribo, digo cuánto lo quiero, invito. No voy a negarlo, está absolutamente en lo cierto. Matias me genera, como pocos, y como todos, un nivel de ansiedad y malhumor que en principio sólo sentía en su falta, para luego sentirlo incluso, me animo a decir, cuando lo tengo dentro mío. Sé que no es su culpa, o al menos no por completo.  Pero no puedo evitar caer en esa calesita donde el punto de referencia desaparece por completo de mi ángulo de visión, temiendo su desaparición completa, para apenas una vuelta luego encontrarlo de nuevo, hasta lograr confiarme de su pronta aparición, incluso cuando yo no lo veo. Lo que sucede con las relaciones es lo mismo que con los carruseles: frena. Y donde frena, a veces está el otro, felicitándonos por la sortija, y otras, no hay nadie. Quizás mi error fue subirme a la calesita hasta los diez años, y tomar esta recreación como una modalidad de vida y de relación con el otro.

Luego de escribirle a Matias, quité la batería del celular, y pensé en llamarlo. Luego pensé en escuchar una canción, que repetí hasta el cansancio, con un ron puro en un vaso de whisky, con las primeras frases de este escrito resonando en mis sienes, y los dedos temblorosos y desesperados. Y un cigarrillo, claro.

Creo que Matias no me hace bien. Exijo algo que no tiene, y el espera algo que no puedo. En un afán por complacer al otro, estamos dejando de ser, en lugar de dejarnos ser.

Sé que pronto vendrá la despedida. Vendrá con un pañuelo y un gorro tejido que le presté, las llaves de casa, y un abrazo con llanto. Y se irá, mientras mire por la ventana su sonrisa tímida de labios apretados, intentando encontrarme a través de los vidrios espejados de mi hogar, en San Cristóbal, en una noche fría y con niebla, en mi ciudad adorada donde el no nació, mientras miro por debajo de la puerta la rendija de luz, esperando oír sus botas entre estos eternos acordes de cuerdas, ver su sombra, pero no, la luz se apaga, el vaso se vacía, la hoja se termina.


Y como en todo carrusel -calesita- la vuelta comienza de nuevo, justito donde terminó.-