Hoy escribo llorando. Hacía mucho que no lloraba, algunos meses. Pero si hay algo que aprendí con los años es que, así como es inútil aguantar la carcajada, también lo es reprimir el llanto. No sabía puntualmente por qué sentía esa necesidad inconmensurable de llorar, ganas que fui aguantando y que se canalizaron en una alergia y ahora en unos nervios tales que me está costando respirar.

Cuando deseo llorar y no tengo motivos -no al menos motivos claros- acudo o bien a mi canción de llorar, o bien a ese libro que me regaló mi madre, o bien a un escrito de un amigo de cuando era adolescente, que contiene, a mi entender, las verdades mas ciertas del Universo. Hoy acudí al libro. Y allí leí unas palabras que me desataron el torrente: no temas amar a alguien total y completamente.

Bien. Yo no estoy enamorada, y dudo alguna vez haberlo estado. Sí quise mucho, muchísimo. También me obsesioné, me encapriché, y me acostumbré al otro. Y si bien no amé, o no me enamoré, en el real sentido de la palabra, de sentir AMOR por el otro, por el compañero que me haya tocado, cada vez que llegó el final a cada una de mis historias me sentí vacía, sola, aterrada, perdida, desamparada, triste, tristísima, incluso me he sentido morir o he deseado morirme. No puedo evitar, entonces, al comenzar esta historia nueva, temer nuevamente a sentir todo aquello que sentí tantas veces. Sé que esta historia no es igual a ninguna otra, pues ninguna fue siquiera similar a una posterior o anterior, pero siempre el miedo permanece. El miedo queda, como al ver a mi hermana, que alguna vez tuvo cáncer, y que siento miedo, al verla, pese a su excelente salud, temiendo que vuelva a caer, ella u otro, pero sobretodo ella. Lo que pasa, entonces, es que cada vez que me veo comenzando una nueva historia, recuerdo de manera casi imperceptible a la Zahira de los finales, el harapo, la pérdida de la autonomía y del autocontrol. Y me da miedo, mucho miedo, de que vuelva a suceder.

Me da cierta pena, pues mi nuevo compañero es nuevo en todo esto. Y tiene muchas ilusiones y mucho deseo. Hoy hablamos, y me dijo algo así como que el cuerpo me picaba porque lo extrañaba. Que me picaba por su falta. No creo oportuno decirle jamás que es más probable que esta alergia sea a su presencia más que a su falta. Y no es algo personal con el, sabemos. Es algo propio mío.

Pero así como mi hermana luchó alguna vez con su cáncer, sin dejarse morir, yo seguiré luchando con mis miedos, sin dejarme caer. Sin perder la esperanza de que esta vez salga todo bien, que aunque no exista la eternidad, exista la paz, el disfrute, y en el peor de los casos, los finales en buenos términos.

Deseo algún día sentarme frente al tornado y dejarlo que pase por mi cuerpo, temiendo que me levante y me vuele por los aires, pero que solo pase, y que haya valido la pena.

Deseo enamorarme antes de tener miedo. Deseo, pese a los miedos tempranos, elegir enamorarme. Construir con el otro. Que el otro siempre es bueno, en mi caso, aunque no funcione. Confiar en lo bueno del otro, y en que lo malo tarde o temprano será secundario. que no tendré miedo, sobretodo, que nada me asuste, que nada me paralice, que siga avanzando, día a día, semana a semana, hacia el frente, sin temer. Pues lo que siento es muy parecido al miedo a la oscuridad. ¿A qué le tememos tanto en lo oscuro? ¿a los fantasmas, a los monstruos, a los ladrones, a las cucarachas? ¿y si no hay nada de eso, por qué seguimos temiendo?


¿A QUÉ LE TENÉS TANTO MIEDO, ZAHIRA? ¿A QUÉ LE TENÉS TANTO MIEDO?
Sé que este último tiempo mucho ha pasado y poco he contado. No sabría distinguir entre las dos. Pero puedo asegurar que la última vez que escribí fue hace muchos, muchísimos meses, cuando seguramente estaba triste y muy vacía.

Estos meses leí un poco, no demasiado, pero entre todo aquello, en un libro, mencionaba la palabra que nos identifica. Hoy me siento PLENA. Y es cierto que SOY plena. Tengo todo lo que deseo. Tengo la casa que siempre soñé, que a cada minuto se ve poblada de seres inigualables, como mi gato, mis amigos de siempre, los de hace bastante, y los nuevos. Carcajadas por taradeces que me dejan la cara entumecida y el cuerpo vibrante. Notas de música que llenan un ambiente que alguna vez se dejó poseer por angustia, pena o ruegos. Música tranquila, como me siento ahora, hoy.
Estoy plena, y estable. Sostengo un trabajo que me encanta, aunque me estrese, un ritmo pausado pero constante, como los latidos de quien reposa. Hoy, reposo en todo aquello que me rodea. Sin embargo, lo que quiero contar, luego de esta necesaria introducción, es otra cosa, y es un aprendizaje que forzosamente la vida me instruyó.

Hace, exactamente, un mes, conocí una persona. Nadie alucinante, ninguna historia con platos, espejos, ni corazones rotos. Una historia como mi ritmo, constante y pausada, que avanza a su ritmo, como el agua del grifo. Esta persona no me altera. Me gusta y ambos nos sentimos cómodos el uno con el otro. Nos extrañamos, sentimos la falta, pero no desde el sufrimiento, sino desde el conocimiento de que así como hay arriba, hay abajo. La falta como complemento necesario de la presencia. Esta persona es del sur, y allí lo conocí. Vive en mi ciudad -gracias al Cielo- pero tuve que viajar dieciocho horas en micro para encontrarla, porque era así como debía ser, como el Universo dispuso, como no podía rehusarme. Esta persona es amigo de una gran, grandísima amiga mía.

Lo que quería contar es cómo mi amiga me planteó, sospecho que bienintencionadamente, nuestro encuentro. Su miedo, su celo y su posesión, aunque no pueda admitirlo. Lo curioso es que esta amiga mía, justamente, es quien me enseñó que las personas no son de nadie, que nadie se posee, que no podemos siquiera pretenderlo, y mucho menos permitirlo.

Las personas no son de nadie, Zahira.

Aprendí a no ser de nadie y a no exigirlo. Ni a mi ni al otro. A ELEGIR, elegir compartir o dejar de hacerlo. Elegir compartir mis miserias y mis rutinas, mis caricias y mis sonrisas, mis reposos y mis traslados, mi jazz y mi rockabilly, mi hogar y mi Zachín.

Sé que comienzo, nuevamente, otra aventura, de esas que se viven de adentro para afuera. Elijo compartirla, hoy, sin temer. Porque aprendí que como llega lo bueno llega lo malo, para retirarse y darle lugar a lo bueno nuevamente.

Me siento más libre que nunca. Bienvenido, al otro, a este nuevo estadío.


La libertad.
Son las seis de la mañana de un martes cualquiera. Por mi ventana veo la noche apagarse, desapareciendo lentamente, dándole lugar a otro día de frío, de una primavera que aún no se despereza. Por el contrario de el grueso de pobladores de mi ciudad, yo no estoy comenzando, sino terminando mi jornada. Hace unos minutos llegué a mi casa, luego de ocho horas de ausencia. Ya me lavé la cara, los dientes, y me quité la ropa oscura y ajustada para reemplazarla por un bombachón rosa y una musculosa gris clara.

Le abro la canilla a mi sediento gato, y continúo.

Pensaba, de pie en el baño, enfrentada al espejo, con los ojos llenos de agua y jabón, en los ángeles. No en esos querubines sonrosados de rizos amarillos, regordetes, casi desnudos, con alas y boca de cereza. Esos, son puro cuento. Pensaba en los ángeles reales: pequeños enviados del Universo. Casuales, momentáneos, casi ínfimos, pero de una presencia entera y única. Lo pensaba a raíz de una charla que tuve en la cocina de un bar, con una completa desconocida -que, casualmente, llevaba el nombre María de los Ángeles- mientras tomábamos mate. Un intercambio extenso e inesperado que se dio, mágicamente, en un impas de una filmación de un vídeo de una banda amiga. Creo que ella no los conocía, creo que la citó otra persona, no importa, solo fue a bailar frente a las cámaras igual que yo. Lo curioso, es que con esta mujer tuve una conversación esclarecedora, una especie de guía. No hablamos de novios, por primera vez en mucho tiempo no hablé de mi ex ni de mi actual ni del siguiente, y tampoco pregunté, solamente fue más allá, a lo existencial, a lo primitivo, a la búsqueda del YO, ella fue eso mismo, un guía, como un faro que me marcó no el camino, sino LOS caminos, para que pudiera decidir. Lo curioso fue que, al irse, no nos saludamos, se fue volando, fugazmente, solo desapareció. No intercambiamos datos ni contacto. Así como vino, dijo lo que tenía que decir, y partió. Y eso pensaba, recién en mi baño.

Pensaba en todos los ángeles que hemos ido recibiendo a lo largo de nuestro camino. Mujeres como esta que nos han marcado el paso, algún caballero silencioso que desinteresadamente nos cede el asiento en el momento de aplomo, la palabra desprejuiciada de un niño que nos hizo sonreír cuando solo queríamos caer muertos. Los ángeles de nuestra vida, que nunca más volvemos a ver, que nunca sabremos si existen o si simplemente los inventamos, creímos verlos o escucharlos, si los soñamos.

Y pienso, a su vez, mientras me rasco las piernas y unas extrañas ronchas que me salieron, temiendo una reacción alérgica o una plaga de pulgas, cuántas veces he sido ángel para otro, deseando "que estés bien", sonriendo, dando mis extensos monólogos, incluso, marcando caminos, por qué no.

Con esto me retiro. Me pica mucho. Llamaré un médico, mientras pienso que quizás la raza humana no exista, y sólo seamos ángeles eternos.-

Sé que hace mucho tiempo que no escribo. Lo hago ahora por consejo de un amigo, de esos que no son grandes amigos, más bien conocidos, pero que suelen decir lo justo en el momento apropiado. El Universo supo siempre colocar en mi camino gente así. Hoy escribo porque estoy enojada. Es uno de esos días que todo sale mal. Incluso, habiéndome despertado hace solo cuatro horas, y habiéndome quedado en casa todo el tiempo, siento que las cosas salieron mal. Que me dijeron cosas que no me gustaron, que lo que quería hacer no se puede, todo me enoja. Ya sé, soy yo. No son los demás. Es que, me doy cuenta, que recién estoy en ESE momento del duelo: el momento del odio. De la bronca. Es una de las etapas.

La gente me pregunta si lo extraño a Matias. La verdad es que no. Cada vez lo pienso menos. Pasan días enteros sin que lo piense. Ya nadie me pregunta por él. Fui muy clara con mi entorno al decirles que habíamos terminado y que no se hablaba más del asunto. Pero no puedo evitar , cuando se hace presente en el discurso, odiarlo. Odiar haber confiado en el. Odiar haberme entregado tanto. Odiar que vayamos a los mismos lugares los mismos días, y ahora tener que evitarlos, para evitarlo a él. Odiar no poder darle soporte emocional a mi gente porque la sola aparición de Matias a través de la palabra me arruinó el día, y sólo me da ganas de dormir. Odiar no tener ganas de conocer a nadie ni de besar ni de ilusionarme ni de confiar ni de extrañar ni de pensar. Odiar el desorden de mi casa. Odiar la falta de energías para agarrar la pala y la escoba. Odiar que justo ahora mi bici esté rota, y que no tenga el dinero para arreglarla. Odiar no tener dinero para absolutamente nada. Odiar que mi celular no suene en todo el día. Odiar sentirme invadida cuando suena. Odiar mi estado de odio. Odiar.

Sé que es un sentimiento feo. Es un sentimiento que la gente prefiere evitar, pero que es necesario. Es tan válido como cualquier otro, como el amor, como el miedo, como la risa, como tener ganas de hacer pis. Sé, y eso me tranquiliza, que es una de las etapas del duelo. Sé que dura un tiempo y luego viene la siguiente, la indiferencia, para que luego venga la otra, la de recordar con cariño, para luego volver a confiar. Me alegra saber que algunos procesos emocionales son perfectos, pautados y lineales, como el día y la noche. Confío en su suceder pues son naturales, y el Universo es sabio. Pero estoy enojada. Creo que no tengo mas que decir que eso, y me genera más odio. Haberme quedado sin palabras y solo dejarme invadir por el odio.

En fin. Me siento mejor, quizás, un poco.

Hace unos días salí y bebí mucho. Al otro día me sentía fatal. Estaba trabajando y me sentía morir. Tenía sueño, dolor de cabeza, me faltaba el aire. Alguien (otro conocido con las palabras justas) me escribió preguntándome como me sentía. "Me siento muy mal", le dije. Y solo contestó: pues bien, lo bueno es que todavía podés sentir.

Siento odio. Lo bueno, es que todavía puedo sentir.

Estoy viva y saberlo me hace sonreír.-
Me pregunto por qué será que a veces las despedidas son más intensas que algunos encuentros. Más sinceras, más cariñosas, mas enteras. Las despedidas muchas veces son fugaces, otras son largas y emotivas. Algunas sabemos, al momento de vivirlas, que son eso mismo, y otras, pasan desapercibidas, disimuladas en la rutina, en adioses iguales a todos los anteriores y todos los siguientes, descubriendo minutos después, o una vida entera más tarde, que han sido únicos. Las despedidas pueden ser olvidadas o recordadas, pueden ser esperadas o sorpresivas, pueden ser en el momento justo o justo en el momento que no debían ser. Despedimos gente querida con una sonrisa entre los dientes, con un abrazo electrizante, con lágrimas acongojantes e incluso con una indiferencia que asusta. Chau, adiós, hasta luego, que estés bien, que tengas suerte, no me llames más, nos vemos, llamame, hablamos, infinidad de formas, de matices, de cargas. Quizás las despedidas sólo hagan honor a su nombre. Son des-pedidas. No-pedidas. Pocas veces se desean, siempre se viven con algo de nostalgia, sabiendo que al momento que las andamos algo que es parte nuestro se desprende, por un rato o para siempre.

Hoy ha sido un día de despedidas. Despedidas vividas desde mi carne, y otras, como espectador. En el día de hoy nos despedimos, con Matias. Nos despedimos diciendonos las cosas más hermosas que, puedo aventurar, sentimos en estos escasos cuatro meses que nos encontramos. Nos despedimos con lágrimas en los ojos, pero sonriendo, como estoy haciendo ahora, mientras escucho la música que aleatoriamente elige regalarme el aire. Nos despedimos en su casa nueva, hermosa como él, y tan ajena. Una casa que lo representa, finalmente, que logró con tanto esfuerzo, y en donde no pertenezco, y nunca lo haré. Elegimos, los dos, que comparta conmigo ese logro, elegí ponerme feliz por esa noche donde estrenó su cama conmigo, en la que dejé mi escencia, elegimos poblar el aire de su mundo con mis gemidos de placer, y de dolor, sus ronquidos enterrado en mi pecho, algunas sonrisas hundidos en la mirada del otro. Hablamos, mucho, reclamándonos cosas pasadas, pero mucho más aún reconociendo en el otro los esfuerzos y la entrega. Y me fui, de cara al sol, sonriente, como él me pidió, como mi último regalo a esa persona que supo enseñarme cosas que otros no supieron. A esa persona que me dijo, vestido de los mismos colores que yo, cuán increíble y fuerte soy. Esa persona que le pedí que se haga valer, en adelante, que no se deje pisotear, y que aprenda a disfrutar todo lo que tiene, pues lo tiene, hacia afuera y hacia adentro.

Esta misma tarde, en mi empresa, desvincularon a mucha, muchísima gente. Gente que no soy yo, pero que me hizo parte. Gente que aprendió conmigo, gente con quien compartí mis penas de amor y mis noches de exceso. Gente que me enseñó mucho de lo que aprendí ahí dentro, gente que me aconsejó, gente que alguna vez me calló la boca, gente que todos los días supo saludarme con una sonrisa, gente con familias enteras a quien sostener. Gente. Hoy lloré mucho, y vi muchas lagrimas correr fuera, en otras caras, en otros abrazos, en otras almas.

Matias me dijo, hoy, que estaba orgulloso de tener lo que tenía, porque siempre lo había soñado, porque venía de una familia pobre, y hoy, podía tener su casa con todo aquello que quería, con  su amor puesto en cada detalle, en cada libro, en cada puerta, en cada instrumento. Yo le dije que mi familia no había sido pobre, ni rica. Mi familia siempre fue una familia de mujeres fuertes. De mujeres que han despedido hermanos, hijos, amores, hogares, trabajos, mascotas, amigos, padres. Pero mujeres fuertes, que siempre se han sabido levantar, con una sonrisa y los ojos llenos de lágrimas, como ahora mismo, que escucho una canción desconocida que sólo dice "Yo Creo". Una familia de mujeres que saben crear y saben tener fe. Mujeres que creen, y crean. Mi orgullo está en haber nacido en esta familia, y haber aprendido qué, pese a mis defectos, pese a mis pisadas falsas, a mis miserias, siempre pude levantarme.

Ayer me caí de la bicicleta. Me doblé el pie y me lastimé muchísimo la rodilla. Pero me levanté, me sonreí, y seguí andando, como en cada caída. Hoy mi bici se rompió en plena andanza, pero no caí, solo me detuve un segundo. Quizas la vida sea así. Caernos y levantarnos, o quizás solo detenernos. En ambos casos, seguir hacia adelante. Seguir despidiendo hasta que un día nos despidan a nosotros, para siempre.

Ayer brindé, con gente querida, por las caídas y todas las veces que nos hemos sabido levantar. Hoy sonreiré a ello, y a las despedidas, pues sólo desprendiéndose, se puede ir más ligero.


Quizás, despidiéndonos, levantarse nos sea más sencillo.-
En nueve días se vence mi contrato de alquiler. Nueve días para cumplir cinco meses de vivir en esta casa. Cinco meses, pues por un error de tipeo, septiembre fue agosto, como cuando al comprar media docena de huevos uno viene roto y pegoteado al cartón. Cuando entré a este espacio, sabía que sería clave: aquí me encontraría, me descubriría, en la soledad, en el no condicionamiento ajeno, en el tiempo que se sucede a mi merced. El primer mes lo fue. Recuerdo las noches que pasé, sin luz y sin gas, pintando las rojas paredes de un blanco imperfecto, comiendo ensaladas y atún en lata a falta de fuego y ollas, durmiendo incluso en el piso, entre frazadas salpicadas de pintura y almohadones traídos en una bolsa, en mi bicicleta. La casa estaba limpia para mí. No tenía historias contadas, ni olores impregnados, ningún rincón me recordaba a nada y en cada uno de ellos podía desplegar mi imaginación y mi esencia de la manera que quisiera, con aromas avainillados y pequeñas plantas que supieron crecer, mirando mi calle a través de una ventana fantástica. Poco a poco fui poblando esos mundos dentro de mi sistema. Yo, como un sol, nutría y creaba vida en una cortina de baño, un tacho de basura naranja, un placard armado con paciencia y tiempo, un gato que había dejado esperándome dos años atrás. Y así estaba, conociéndome, conociéndonos con este sitio, con este barrio, con nuevas maneras, que eran las aprendidas, apropiadas, modificadas, adaptadas. Pero algo pasó.

Un día me encontré yéndome mucho del lugar que soñé. Yéndome físicamente, pero no siempre. Estando con el cuerpo pero no con el alma ni con la mente. De un momento a otro, mi deseo ya no estaba en buscar dentro de casa, sino en esperar en el afuera, en El Otro. Un Otro que tomó nombre, uno conocido por todos, que hoy no mencionaré. El único que tuvo nombre en este espacio que es mío también, la escritura. Uno que tuvo apodo para luego cobrar identidad, e ir ocupando de a poco, o de repente, espacios donde la única con identidad y nombre era yo misma. Tanto fue creciendo, que yo, de a poco, me fui perdiendo. Y me encontré, de repente, casi cinco meses después, dejando mi deseo de lado, o aún peor, no sabiendo que deseaba.

Es muy difícil el momento en el cual descubrimos que no sabemos quiénes somos, incluso estando en donde pensamos que nos encontraríamos, inclusive teniendo todo aquello que fuimos logrando, los éxitos y las miserias, en el afán de descubrirnos y amarnos y alcanzarnos plenos. Es muy difícil, cierto, pero también es muy revelador. Porque en el momento donde nos damos cuenta que dormimos con un extraño quizás la respuesta sea comenzar a conocerlo para que deje de ser desconocido. La respuesta más simple siempre es la correcta, me dijo ayer un amigo que me regaló el Universo, un amigo que gané y que conservo aún.

Quizás sea tiempo de dejar de ganar y acumular, y comenzar a conocer eso que hemos ido acumulando en los años que nos tocó vivir. Al menos lo es para mí. Hoy decido, empezar a conocerme, para no seguir durmiendo con un extraño, sino conmigo misma, que tanto he ido mutando, esperando conocerme y sorprenderme.

Un día, despertaré plena, abrazada a mi Sol, rodeada de mis mundos en mi propio sistema. Ese día, quizás decida que mi estrella se fusione con otra, para ser más fuertes y luminosos. O tal vez no.


Lo decidiré, pues, a medida que vaya recorriendo mi propio camino.-

Anoche dí una fiesta en casa. Una fiesta que organicé a último momento, con algunos invitados, muchísimas bebidas, y música ecléctica. Fue una fiesta larga que no sabría decir si fue un éxito o una simple reunioncita. La realidad es que la hice, excusada en el cumpleaños de una amiga, pero con otro real motivo, aunque me cueste aceptarlo: demostrarme a mí, a todos, y en especial a él mismo, que puedo vivir sin Matías, y disfrutar.

Ciertamente pude disfrutar sin él. Me negué, al comienzo de la noche, a hablar casi de lo sucedido el último mes, pues estoy cansada que sea el protagonista de mi discurso, aunque hoy me sienta obligada a escribir nuevamente mencionándolo en cada letra y en cada lágrima. Sin embargo, no pude evitar la pregunta de todas -TODAS- mis amigas con las que no tengo un trato cotidiano. ¿Qué pasó al final con Matías?

Con Matías pasó qué, luego de la ruptura, nos seguimos viendo, gracias a mi impulso etílico que me llevó en variados transportes y en variadas oportunidades a su casa, a Makena, a su sala, o donde fuera que él estaba. Lo cierto es que sólo dos días después de haber terminado, estaba en su cama, para estarlo nuevamente al día siguiente, y dos días después  y al otro, y así.. Al comienzo él estaba alerta, asustado, y quizás hasta convencido de que no habría más nada. Pero poco a poco se fue relajando. Yo me relajé, también, y dejé de revolear platos, de reclamarle cosas que no le correspondían, de exigirle. Y por unas semanas estuvimos bien. Por un mes completo, el último mes. No quiero decir que no hayamos tenido diferencias de opiniones, de criterios, o de posturas. Los hemos tenido. Matias tuvo días de mierda. Y yo también, como hoy.

En fin. No quiero hablar más de él. Quiero hablar de mí. Quiero hablar de como, en tan solo una semana, me sorprendieron dos ataques de pánico muy fuertes, en la calle. Uno fue un lunes, caminando, a unas cuadras de mi casa, y el otro, el domingo siguiente -hoy- en Flores, en la calle, en la casa de una amiga, en la parada del colectivo, en el mismísimo colectivo, hasta mi casa en San Cristóbal, donde estoy ahora, con frío, en silencio, con olor a cigarrillo de la fiesta impregnado en todas partes y los muebles distribuidos como nunca antes, esperando cambiar energías y circulaciones de aire. Las dos veces que me ataqué lloré, y mucho. Lloré en espacios públicos frente a gente que podría haber pensado cualquier cosa. Lloré encerrada en mi casa hablándole a mi gato de cosas que no entendíamos ni él ni yo. Y llorando, ahora, decido que un mes sin escribir es demasiado para mí. Decido que estoy angustiada incluso detrás de una fiesta o de estados en Facebook que ni siquiera lo insinúan o de falsos mensajes  y discursos y sonrisas que regalo indiscriminadamente por la vida. Estoy angustiada, moqueando en una casa silenciosa que limpié con lavandina de manera obsesiva, como si quisiera limpiar otra cosa, algo más, que contamina y enferma y desmerece. Quizás esté lejos de la realidad, pero aún así no puedo evitar pensar que aquello que quiero quitar es al mismísimo Matías, porque desde la primera vez que nos rompimos el corazón o que descubrimos que no nos entendemos, ahí mismo, dejó de hacerme bien, para solo entristecerme y condicionarme y no poder disfrutar todo lo que tengo, todo lo que he logrado, que quizás no sea mucho, o no sea tanto, pero para mi lo es. Es mi mundito, Mi Reinado, como supe llamarlo, con banderines de colores y un sillón naranja que espera de brazos abiertos, y una bici que se contorsiona, y un imancito que compré en Madrid y unas mandarinas que compré a diez metros de casa y una guitarra que no se deja afinar por nadie y unas plantitas de calabaza que ayer me halagaron y todo aquello que me hace YO, aunque se me vayan los ojos para por momentos perderlo.  Y así le escribí, hace minutos, diciéndole que lo extrañaba, que estaba enojada con él y conmigo misma, para que me responda, simplemente, "yo también".

Quisiera tener la fortaleza, alguna vez, de retirarme a tiempo. Quizás esta sea la secuela de ser hija de una madre adicta al juego, que llegaba con miles y se iba con un peso para el colectivo. Quizás esté haciendo lo mismo pero en otro lugar, seguir apostando, por mucho más tiempo del que mi cuerpo pueda aguantar en una mesa que no paga, terca, ciega, compulsivamente, creyendo que en algún momento lo hará. Quizás sea momento de darme cuenta que Matias es una mesa que no paga, en la cual estoy poniendo todo lo que tengo, a riesgo de volver caminando, vacía, cansada, para llorar en la cama como hacía ella cuando perdía todo.

De repente, al darme cuenta de esto último, dejé de llorar, no pude seguir el hilo de lo que escribía, me sentí infinitamente cansada, Matías me preguntó si iba a hacer algo (¿con mi noche? ¿con mi vida? ¿con mis ataques de pánico? ¿con las tapas de empanada que tengo en el congelador?), y sentí la necesidad imperiosa de retirarme de esta mesa, de este teclado, de donde sea.


Me he quedado sin palabras. Hasta luego.-